13 diciembre 2013

EL ARADO



Siguiendo en la línea iniciada con el recuerdo al carro de labranza, y para retrotraernos a la historia de los aperos que con el paso del tiempo, el hombre ya desde su origen ha ido utilizando con normalidad en la agricultura, empleando los más rústicos artilugios para poder surcar la tierra y sembrar en sus entrañas las semillas o plantas que le servirían de alimento para su subsistencia; hoy dedico esta entrada al arado, a ese primitivo artefacto que al comienzo de su existencia estaba compuesto por varios trozos de madera (fotografía superior derecaha) que el hombre encontraba a su paso, como podría haber sido una rama de árbol con una especie de gancho
formado por otra rama más corta con forma de horqueta o horquilla, o bien un palo largo (un mango) en el que en uno de los extremos se sujetaba una piedra con la forma adecuada que a modo de reja se hundía en el suelo (para remover la tierra con la finalidad de ser cultivada abriendo surcos antes de sembrar las semillas) por la fuerza ejercida
en la misma por una persona que la presionaba enérgicamente y otra u otras que ejercían la tracción, como se aprecia en la fotografía superior -posiblemente, éste método fuese el predecesor de la azada y el pico, o a la inversa-, hasta que logró un sistema más eficaz y menos duro para el agricultor que tiraba del arado, “por llamarlo de alguna manera” como muestra la fotografía superior de la derecha.
El arado es una herramienta de labranza (fotografía superior izquierda) que, según la historia -o, leyenda, depende de  como se mire- apareció en el interior de la antigua  Mesopotamia -región de Asia Occidental entre el Tigris y el Éufrates; por eso se denomina tierra entre dos ríos- en tiempos remotos muy difícil de datar con precisión; si bien, el tradicional arado de madera con reja y accesorios de hierro conocido mundialmente tiene su origen en la agrícola Roma, no obstante,  parece ser que fueron los ingleses los que“inventaron” (por decirlo de alguna manera)  el arado triangular (fotografía superior central) que facilitaba el tiro porque se adoptó  un sistema para ser tirado por caballos como muestra la fotografía inferior de la ozquierda.

Este arado con reja triangular que se hundía más fácilmente en la tierra y permitía ahondar más con menos esfuerzo, fue adaptado en el siglo XVIII por un holandés llamado Joseph Foljambe, para poder ser tirado por caballos. A éste arado se le conoce con el nombre de Rotherham.

Los arados, dependiendo de la zona de uso y sus diferentes costumbres -por lo general eran distintos en cada país-, eran tirados por caballos, bueyes, llamas, mulos, camellos, asnos, búfalos,
elefantes, etc., como lo muestran las tres fotografías de la derecha) según que la tierra fuese más o menos compacta o arenosa, En la antigua Roma, en algunos conocidos parajes como la famosa Campiña romana, se labraba con búfalos, toda vez que éstos animales, una vez domados y acostumbrados al yugo o la collera, eran la yunta ideal e inigualable para la labranza, tanto para el arado como para el tiro de las carretas que en aquel entonces empleaban los romanos en las faenas agrícolas; procurando siempre al uncir con las coyundas los animales al arado o carreta, disponerlos (cuando eran más de uno) de modo que una vez
yuntados, puedan tirar todos por igual en la medida de lo posible y la fuerza esté bien repartida para que el esfuerzo de cada animal sea menor y le retrase la fatiga, excepto
cuando lo hacían con un solo animal como muestra la penúltima fotografía, de un chino descamisado encima de la plataforma de su original arado.
Normalmente los caballos casi no se empleaban para el cultivo de las tierras; lo más usado eran bueyes, búfalos, yaks, et., a pesar de que -como es obvio-, son más lentos que los caballos y los mulos que permitían agilizar la labor cuando no era larga la jornada; por el contrario, aguantan bastante menos que los búfalos o los elefantes, por citar dos ejemplos.

El inicio de la agricultura fue muy duro, no se disponía de más herramientas que las piedras y ramas de madera seca labradas con piedras en forma de hacha que se usaban para cavar y arar las duras tierras a base de mucho esfuerzo humano, poco rendimiento, escasa producción y mínima satisfacción del labriego.
Sin embargo, el hombre, como único animal inteligente (y, como tal pensante), fue ideando los métodos, aperos y todo tipo de artilugios (fotografías superior e inferior) que le permitían las circunstancias para avanzar en la labor agrícola hasta llegar al arado que todos hemos conocido (que, sin duda debió de ser un acontecimiento a celebrar) y, a buen seguro que uno de los mejores inventos de la época, ya que permitió surcar la tierra con menos esfuerzo, más eficacia y aumentó el rendimiento y la productividad.

El arado, como se muestra en las distintas fotografías que ilustran el tema que nos ocupa, al igual que otros rudos y arcaicos aperos agrícolas que en su día fueron la esencia de la labranza, se han quedado obsoletos por razones obvias y pasando al baúl de los olvidos, como lo demuestra la fotografía inferior) sin que (en su mayoría) las nuevas generaciones lo valoren con equidad como se merece el servicio que prestaron a

nuestros antepasados y lo que significó en el desarrollo de la agricultura, hasta llegar a los actuales y modernos arados de vertedera en batería, tirados por potentes tractores  que permiten rentabilizar la agricultura moderna sin apenas esfuerzo humano en benéfico del agricultor y en el abaratamiento (teóricamente) del producto que proporciona  la tierra.
De los pocos que vamos quedando ya de mi edad en el pueblo, seguramente la mayoría recordará con más o menos cariño el clásico arado de madera con reja y accesorios metálicos en compañía de una yunta de vacas que, era lo típico en La Zarza por aquélla época además del arado metálico de vertedera de una sola reja como el de la fotografía de la derecha
.
Quién de los de entonces, no recuerda la estampa gallarda de un arado camino de las tierras a labrar, encima del yugo que uncía las vacas, atado y bien amarrado al mismo con unas correas en la zona que hay entre  el pezcuño, la telera, el dental y las orejeras por detrás de la reja en la parte inferior de la esteva para que no se moviera ni se pudiera ladear o caer, y arrastrando la cola del rabizo, rabera o ventril, como se prefiera llamar, que es la que une el arado al yugo cuando se ara, porque, cuando iban o volvían del campo los labriegos, lo ponían en posición inversa y, una pieza metálica o de gruesa goma que iba en el extremo de la parte inferior del ventril llamada rastra que, es la que impedía que se fuese desgastando la rabiza (o rabizo)que era de madera y contactaba con el suelo por detrás de las patas traseras de las vacas, en el espacio que queda entre los dos animales.
Algunos yugos (no todos) iban provistos de una argolla colgante grande (barzón) en la parte inferior, como se muestra en la última fotografía, en la que se introducía la pértiga, cola o ravizo del arado, en cuyo extremo en uno o varios orificios (lavijeros) hechos perpendicularmente iba alojada una -o varias- clavija metálica o de madrea dura de un par de palmos más o menos, que le impedía  salirse de la misma al hundirse la reja en el suelo y ejercer la yunta la fuerza hacia delante al tirar con energía, correría el riesgo de que el “arador” pudiera quedarse con la mano en la mancera de la esteva del arado clavado en el suelo mirando como seguían caminando tranquilamente las vacas solas hacia delante sin enterarse de nada.
Acude espontáneamente a mi memoria el grato recuerdo de la gallarda estampa -que de niño veía con bastante frecuencia y dejó en mi memoria grabado a fuego-, de las yuntas tanto cuando iban o venían de arar, acarrear o trillar, bebiendo agua en los abrevaderos como el Pilar, el Pozo del Moro u otros, y el labriego de pie (después de beber él agua del caño) contemplaba embelesado sus animales mientras saciaban su sed apoyada la aguijada en el suelo con la punta hacia arriba a modo de lanza -como los antiguos caballeros de las cruzadas antes de enfrentarse a sus contrincantes-, ataviado con la indumentaria de entonces: abarcas o albarcas -como guste llamarse-, calcetines de lana gruesa hechos a mano pacientemente por su mujer, blusa (o chambra) parda por el paso del tiempo, camisa de cuello tipo Mao, pantalón descolorido de pana gruesa con varios remiendos, y boina o gorro de paja, según la estación del año de que se tratara; con su raquítico cigarro entre los labios hecho a mano y envuelto con el clásico papel de fumar marca zig-zag y de tabaco de cuarterón (las cajetillas de entonces) comprado en el estanco de la casa de mi tío Aquilino y mi tía Salvadora.
Esa fotografía mental, también recoge la presencia de las mujeres zarceñas que en amena charla esperaban llenar sus cántaros -o cántaras- en los chorros de abundante agua que salía por los dos caños que adornan nuestro inigualable pilar, mientras los juguetones gorriones correteaban y desmenuzaban las moñigas en el suelo del entorno, buscando algún grano que llevarse al pico para sobrevivir y, un revoltoso niño que ahora lo recuerda y refleja en este escrito (antes de marcharse a casa de su abuela carretera arriba), se entretenía jugando en las pozas con el agua que venía del pilar y saltando los bancos de piedra que había junto a los chopos que, poco a poco van desapareciendo de la circulación.
Esa imagen -como otras muchas de mi infancia zarceña-, ha permanecido guardada en mi particular baúl de los recuerdos -y en más de una ocasión la he pasado por la invisible pantalla digital de mi mente- que tan feliz me hicieron siendo uno de los más traviesos niños de aquella época (algún día contará alguna de sus diabluras) que, ahora, añora y recuerda con nostalgia todos los aperos que se usaban en la labranza y  están pasando a mejor vida como nos ocurrirá a todos antes de cien años; aunque, si aguantamos cien años más, no deberíamos quejarnos....
Por esa y otras muchas razones, soy partidario de que se conserve su recuerdo en un museo que los perdure en el tiempo y las generaciones venideras puedan apreciar todo cuanto sus antepasados hicieron -o hicimos- por  mejorar un poco aquello que encontramos a nuestra llegada a este maravilloso planeta azul. ¿Será posible?
Por mi parte, yo guardo ese recuerdo -como otros muchos de mi infancia-, atesorado en los más gratos sentimientos de cuanto me sucedió en La Zarza; por eso, desde este rincón bloguero quiero dejar constancia de lo que queda en mi, de los aperos agrícolas que en aquel tiempo conocí y , de vez en cuando afloran a mi pensamiento.
Hoy, quiero dejar constancia de ese sentimiento, dedicando a uno de esos aperos que más útil le fue a nuestros antepasados agrícolas zarceños: “El arado”




Arado viejo de madera
que fuiste fiel compañero
de las múltiples fatigas
que ha penado el labriego
para lograr las rubias espigas
que luego lleva al granero.

Hoy vengo a reconocerte
tu buen servicio prestado,
y también agradecerte
tu presencia, “amigo arado”

Empuñando tu mancera
al más fuerte labrador
en otoño y primavera
junto a ti, le brota el sudor.

El seco matorral salvaje
que encuentra a su paso tu reja,
lo elimina con coraje
para dejar la tierra pareja. 

Y, cuando hundes en la besana,
la reja afilada y bien pulida,
esa, mi tierra castellana,
con mimo por ti mullida
en una fresca mañana,
queda blanda y removida
dejándola tan limpia y lozana
que al labriego le da la bienvenida,
para que lance la semilla temprana
arrojándola con su fuerte mano campesina
y, al caer, con ternura, el terruño
le abra sus entrañas a la vida
esperando que la lluvia en primavera
le conceda la cosecha merecida
que llene con abundancia la panera
y le premie el esfuerzo y la fatiga.

Viejo arado de madera
que el campesino zarceño
labró con esmerado empeño
con su herramienta casera.

Hoy recuerdo de mi niñez
que tu original estampa gallarda
yo guardé con timidez
y, se halla lo que se guarda.

Guardado tengo en mi mente
el volar de las nubes otoñales
que con pasividad inclemente
convertían las tierras en barrizales;
y, cómo el labriego impenitente
emocionado las paladeaba
cuando pendían cual madeja inocente
de la rueca que las sujetaba;
mientras tu vetusto cuerpo de madera,
tirado por dos fornidos animales
impidiendo que tu esfuerzo impotente
labrara la besana en la encharcada ladera
o, mullera y esponjara los eriales.

Y, aunque ya te ha retirado
la moderna maquinaria,
hoy, mi recordado arado,
sabrás que por la gente zarceña agraria
sigues estando mimado
y rezan por ti su plegaria.



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5 comentarios:

Anónimo dijo...

Debo decir que me ha parecido muy interesante la lección de historia.
En cuanto al poema me parece muy bien que agaradezcas su servicios prestados puesto que no ha pasado tanto tiempo desde que fue retirado por moderna maquinaria. Y el hombre le debe al arado miles de año de servicio.

Cesar

Manuel dijo...

Luis, estás regresando al pueblo, a tu infancia en él. Así lo demuestran estos temas del carro y el arado entre otros, con los que revives tu niñez (la nuestra) en La Zarza.
Interesante herramienta e importantísima el arado e interesante su historia y evolución con fotografías y gráficos importantes que bien traídos están por si algún día hay que acudir a ellos para montar de nuevo un arado clásico, pues al paso que vamos puede que en un futuro el progreso no sea tanto que haya que recuperar estas viejas herramientas y volver todos a la tierra. ¡Qué pesimismo el mío!
Voy a ser un poco optimista: Todo esto está muy bien para el futuro museo de Juan en La Zarza, donde al lado un arado se colocaría tu homenaje-recuerdo-plegaria, como agradecimiento y sentir de la gente zarceña agraria. Y si el arado mostrado en el museo estuviera en buen estado, ese serviría, en caso necesario, de modelo y prototipo para su fabricación en serie. Otra vez el pesimismo… Será el día

-Manolo-

Sobre el tema arado, recomiendo un pequeño video, de menos de un minuto, en mi blog: Junio 2010 “Como ayer” o en esta dirección. Lo que te sea más sencillo.

http://zarzadepumareda.blogspot.com.es/2010/06/como-ayer.html

Anónimo dijo...

César, gracias por el comentario.

Manolo; "como ayer", una vez visto el vídeo y leído el comentario. solo me queda decirte que me resultan a bos entrañables, tanto la charla con los labriegos avulenses como las fotograsfías,
¡Cómo tira la tierra...!

Saludos. Luis

Anónimo dijo...

Fantástica descripción de este artilugio compañero inseparable hasta hace bien poco.Cuantos cantos y rollos volteó en la Zarza en zonas ahora abandonadas a su suerte y que entonces suponía recoger algo de mies.Conocí auténticos artistas del arado que sacaban unos surcos rectos como velas,mientras avanzaban cantando.El campo se ha quedado mudo,solo el ronroneo de un tractor de vez en cuando da algo de vida.Apenas se ven pájaros,cuatro liebres por aquí y por allá,apenas un conejo y las escasas perdices huyen para refugiarse en zonas abruptas.Nada es lo que fue.Signos de mal agüero. Un abrazo .Félix

Anónimo dijo...

Félix. Si el hombre es incapaz de percibir lo que supone para la naturaleza en el futuro, la pérdida de liebres, conejos, pájaros y árboles como tú enumeras, y, al parecer, desgraciadamente tanto escasean por esos lares, malamente entenderá que lo que recibió de sus antepasados, su deber es legarlo mejorado a sus descendientes.
Si el pasotismo impera en aquellos que su deber es velar por los valores que nos distinguen del resto de animales que poblamos el planeta; el futuro que les espera a aquellos que nosotros hemos traído al mundo será más negro que el pantalón de un carbonero; y, nadie más que nosotros será responsable de tamaña falta de visión y nos asemejarán al topo con toda la razón. ¡Qué lástima!
Saludos. Luis