28 abril 2015

AHÍ, ESTÁ MANOLO

La emigración habida en los últimos tiempos en nuestro país para procurarse una mejor calidad de vida, ha hecho que muchos pueblos pequeños se queden sin la mayoría de sus gentes; y en algunos casos, con el paso del tiempo, sus edificios más significativos terminen derruyéndose paulatinamente, pero de forma progresiva y sin soluciones de continuidad, hasta convertirse en desiertos.

Son muchos los pueblos en los que se han quedado solamente los más mayores, y en los que apenas quedan niños o no queda ninguno. Estas poblaciones terminarán desapareciendo dentro de no muchos años, convertidas en “Lo que el tiempo se llevó”.
¡Qué lástima, qué triste, y qué real al mismo tiempo…!

El nuestro, nuestro pueblo, La Zarza, para no ser menos, también ha sufrido el flagelante castigo de la emigración interna y exterior de una parte importante de su población más o menos joven para buscarse el sustento, allende su lugar de origen. 
Unos por unos motivos y otros por otros, el pueblo se va quedando sin gente, a excepción de las fiesta patronales de agosto, en las que, afortunadamente, acuden a la llamada del recuerdo una buena parte de sus oriundos, de los que, en su momento, salieron del pueblo buscando una mejoría para sus vidas; y la familia y la nostalgia los reencuentra en esas fechas. Sin embargo, a pesar de la diáspora que ha afectado a nuestros compueblanos, La Zarza sigue aglutinando armoniosamente a los suyos, independientemente del lugar donde habiten en la actualidad; y, todo ello, gracias al acierto de Manolo, que en su día fundó la Web del pueblo que permite unir virtualmente a los zarceños interesados en estar al día de los acontecimientos que en el mismo se desarrollan.

Pero, ¿quién es Manolo?
Manolo, es la persona que “siempre está ahí”, donde tiene que estar cuando tiene que estar. Es el zarceño más conocido, el que en los quince últimos años, ha sabido hacer llegar a todos los lugares más recónditos del planeta, las alegrías, pérdidas de paisanos que nos abandonan, conmemoraciones, festividades y demás aconteceres  sucedidos o venideros en nuestra Zarza.  “Ahí está Manolo”.

Manolo, es el que, a base de tesón, paciencia, habilidad y buen hacer, además de una voluntad de hierro, ha conseguido que La Zarza sea conocida en aquellos lugares en los que sin su intervención, hubiera sido imposible dar fe de los eventos zarceños. Él, se percató en el momento adecuado de que las posibilidades que nos brindaban las nuevas tecnologías de la comunicación, ofrecían una oportunidad única, y, con acierto y tino, puso en marcha la que hoy conocemos todos como “la Web de La Zarza”. Y, aprovechando la normativa vigente en la materia en aquel momento, legalizó la que hoy es un gran almacén de información que nos permite a los zarceños no residentes en el pueblo, estar al día de cuanto acontece en el entorno de nuestra tierra natal. ¿Por qué? Porque para eso, “ahí está Manolo”. Y, está ahí, haciendo una labor de Cicerone desinteresadamente, que, además, le cuesta dinero de ese que en estos tiempos escasea; pero lo hace con la mayor voluntad de ánimo posible y sin ánimo de lucro. ¡Qué tío más cojonudo…!

Manolo, ha conseguido que algunos colaboradores de la Web le ayuden en su tarea como son las aportaciones de los blogueros y otros, aportando su pequeño grano que hará grande el granero en el que se está convirtiendo la Web.

Necesitaría un libro entero para exponer mi opinión al respecto (y, no sería el momento procedente) pero, me conformaré por testimoniarle mi gratitud desde estas líneas. Y, aprovechando la oportunidad que nos brindan las próximas elecciones municipales, demandar al nuevo Consistorio salido de las mismas, que, un homenaje a la labor realizada por este ilustre zarceño, sería el justo reconocimiento por parte de las autoridades municipales a la encomiable labor realizada  durante más de quince años en favor del pueblo.

No es que pretenda con esta iniciativa solicitar una calle, estatua, plaza o monolito, para quien hace tan grata labor, pero sí al menos un reconocimiento oficial de la misma en forma de placa, medalla o, algo por el estilo que denote la valoración y estima que las autoridades municipales tienen hacia la persona en cuestión que tanto ha hecho y está haciendo por el pueblo. Y, un buen momento para ello sería el diez de agosto, cuando las personas más favorecidas por su labor estarían presentes en el acto.

Ya sé que también hay otras personas del pueblo que hacen cosas importantes por y para La Zarza, pero ahora me toca hablar de Manolo; ese personaje “que siempre está ahí” cuando la ocasión lo requiere. Ya llegará el momento de acordarse de las demás.

Esta invitación “disimulada”, que va dirigida a las próximas nuevas autoridades municipales para que paulatinamente, vayan allanando el camino, espero que también la puedan y sepan recoger y compartir otros zarceños que, como yo, se vean favorecidos por la labor de Manolo en la Web, y también se animen a demandárselo, aunque no sea más que por eso de que “la unión hace la fuerza”, esa fuerza que le ha llevado a Manolo a estar ahí. 

Gracias Manolo por tu labor.  



09 abril 2015

EL PILAR


Si en La zarza hay un monumento emblemático al que se le rinde culto sin estar dedicado al culto, ese es el pilar. El pilar, que en la actualidad tiene una escasa utilidad práctica, ha sido la herramienta más útil para todos los ciudadanos en los tiempos pasados, tanto como abrevadero para el ganado del que en su mayoría dependían los campesinos y ganaderos, como para abastecer de agua potable a la población durante muchos años.

Hoy, ya se ha quedado obsoleto. El fin para el que fue concebido no tendría cabida en estos momentos. Sin embargo, ahora se ha convertido en una obra de arte, en un original monumento de piedra como no hay otro igual en las poblaciones del entorno; algo que su autor, consciente de lo que proyectaba, ya presumía que sucedería con el paso del tiempo. No se equivocó.

El pilar (nuestro pilar para los zarceños), afortunadamente, tiene otras utilidades (además de aportar agua a la población), como por ejemplo, ser lugar de encuentro para la celebración de eventos en las fiestas patronales en verano, como lo muestra la algarabía de su entorno en la que se puede apreciar la alegría de los pequeños disfrutando con la espuma en verano celebrándolas con ilusión, además de otros acontecimientos que se celebran al redor del mismo y es bien conocido por todos. 

Se extrañan un poco los árboles plantados  junto al pilar anteriormente a su inauguración y que favorecen el panorama del entorno.

Los más mayores, recordarán que el agua sobrante del abrevadero abastecía a las pozas donde lavaban la mayoría de las mujeres del pueblo y han sido sepultadas por las modificaciones habidas en el pasado. Esas pozas, que junto al pilar eran el centro neurálgico de la población en cuanto a lugar de encuentro, al igual que el pilar, hoy podrían formar parte de un monumento que quedaría para el disfrute de todos los compueblanos y forasteros que quisieran contemplar la obra de arte que constituían el tándem pilar-pozas. Si embargo, se las llevó el plan urbanístico que no tuvo en cuenta la joya que se perdía para el  disfrute de los ciudadanos.



En las fotografías que se adjuntan (anteriormente publicadas por Manolo en la Web), se percibe la solemnidad de la celebración de su inauguración en el año 1.927, en la que fueron protagonistas de la misma, además de la población en pleno y las autoridades municipales, otras a nivel provincial y nacional que, por la relación de las mismas con el autor del proyecto, se dignaron comparecer y honrar con su presencia a los agradecidos y un tanto extrañados zarceños que participaban en el evento.

Acudieron a ese encuentro, además de las personalidades de rigor, otros invitados de postín, entre ellos algunas damas que en aquel entonces eran muy conocidas tanto en las proximidades, como a nivel nacional y que en esa época eran famosos por distintos motivos y dieron personalidad y colorido al acto, tal y como muestra la fotografía inferior, que, aunque en blanco y negro, da una idea de la situación.


Dieron fe del encuentro, las fotografías obtenidas por el fotógrafo salmantino, Venancio Gombau, amigo personal y vecino del promotor de la inauguración (ambos vivían en la Calle del Prior, uno en el número uno y el fotógrafo en el dieciocho,  en la acera de enfrente (lugar que,  bastantes años después, visité varias veces siendo niño, pero que no sé si todavía existe) y que, se desplazó al efecto a nuestro pueblo para dejar constancia de ello a las generaciones futuras.

Vemos en la fotografía de la inauguración, cómo las autoridades municipales aparecen en el lado izquierdo de la fotografía mirando atentamente a las autoridades foráneas que están al lado derecho y a cierta distancia (excepto el clérigo que se halla de pie subido en el abrevadero, que, además de ser   zarceño, fue el promotor de la idea de que hubiese en la Zarza un pilar de esas características), y guardando la distancia como se estilaba en aquellos tiempos. Los unos, encorbatados (excepto los clérigos), y los otros endomingados como mandaban los cánones de entonces. ¡Qué tiempos, y, qué costumbres…! Ahora, sería distinto.

Personalmente considero que la mayoría de los zarceños han sido favorecidos por el servicio prestado por el pilar en tiempos pasados, si bien, también ahora es de utilidad, pero relativa. Sin embargo, lo que sí es bien cierto, es que nos queda un grato recuerdo para la posterioridad de la estampa gratificante de nuestro pilar (como lo muestra la primera fotografía), que, si en vez de estar ubicada en la Zarza, estuviese en Madrid o Barcelona, sería un monumento visitado diariamente por miles de personas, así, como otras edificaciones de piedra sin argamasa que abundan en el pueblo y pasa desapercibida su presencia. ¡Qué le vamos a hacer…! Tendremos que aprender a promocionar el pueblo, a ver si tenemos surte y lo visitan con asiduidad los turistas adinerados.

Bueno, aunque no sea la Zarza tan conocida como Nueva York, sí tiene unos monumentos clásicos de piedra que no los tienen los yanquis; excepto algunas ermitas y otros monumentos que se han llevado de España para nuestra desilusión. ¡Lo que hace el dinero…!


28 febrero 2015

LOS CHOPOS

El chopo, es un árbol que abunda en parques, jardines, bordes de caminos, bosques, etc, que resulta familiar a la mayoría de las personas aficionadas a contemplar la naturaleza.

El chopo es un árbol de rápido crecimiento, que se utiliza en plantaciones extensivas como maderero. Su madera es débil y blanda, por lo que resulta fácil de trabajar aunque es poco duradera, y, a pesar de ello, es de buena calidad -salvo excepciones-, destinada a la fabricación de muebles de baja densidad, ya que, toda madera blanda es poco resistente.

Su utilización más común es la industria del contrachapado y la elaboración de materiales de poca calidad, como cajas, embalajes, palets, cerillas, marcos, etc., y, sobre todo, en la producción de celulosa destinada a la fabricación de papel.

El chopo y la higuera, son dos de las especies de árboles más débiles y sus enclenques ramas quebradizas se rompen fácilmente sin apenas esfuerzo. De eso, sabemos bastante los que como yo de chavales nos subíamos a los árboles, unas veces a coger nidos, y otras por el mero hecho de subirnos.

Los chopos son apreciados como árboles de sombra por su frondosidad dada la abundancia de hojas y ramas que forman su espesura; amén del sonido que, con la acción del viento suave produce el vibrar de las hojas, parecido al sonido ondisonante generado por el vaivén de las olas en el movimiento-sonido undísono, que produce una sensación de relax, parecida a la de sentarse debajo de uno o varios tilos que son relajantes como es bien conocido.

También se emplean los chopos con bastante frecuencia como pantallas protectoras, plantados en hilera o hileras paralelas formando una especie de barrera contra el fuerte viento.

Por otra parte, el chopo tiene unas propiedades medicinales no siempre conocidas, (en las que no voy a entrar) entre las que se encuentran las antirreumáticas, diuréticas y para el tratamiento del dolor, por citar algunos ejemplos.

Las flores del chopo reunidas en inflorescencias (especie de racimos) colgantes que aparecen antes que las hojas y al tacto resultan ligeramente pegajosas, tiene un atractivo especial, pues al estar colgando en forma de alargados pendientes verdes cuando al árbol no le han salido aun las hojas, penden de las ramas cual  adornos de árbol de Navidad, proporcionándole un original y curioso atractivo, sobre todo, cuando el viento las mueve suavemente.

El fruto encapsulado del chopo de color verdoso que se torna pardo al madurar y contiene unas pequeñas semillas cubiertas de una capa algodonosa, que al librarse, lo hacen en forma de copos de algodón que inunda el entorno del árbol, dejándolo en algunos casos como si hubiera terminado de nevar; cuando hay fuerte viento y lo levanta, se forma una especie de niebla nada agradable.


Sin embargo, y a pesar de lo descrito anteriormente, hoy no voy a tratar de lo que es en sí la especie arbórea del chopo ni las distintas variantes o su hábitat por todos los continentes menos en la Antártida. No, hoy, el comentario versará sobre los chopos que se ubican en un pequeño pueblo de Las Arribes del Duero. La Zarza de Pumareda (mi pueblo), que son unos magníficos ejemplares centenarios (como se puede apreciar en la foto superior) que nos servían de referencia a los chavales de entonces como lugar de encuentro para charlar, saltar por encima de los poyos que había (¿dónde han ido a parar los que faltan?) y pasárnoslo bomba, además, de meternos en el agua (cuando había) del regato que en ese tramo que ahora pasa canalizado por debajo y antes discurría paralelo a la carretera, nos servía de distracción a los pequeños de entonces. ¡Qué tiempos…!


Esos suntuosos chopos que me traen a la memoria con tanta frecuencia los dulces recuerdos de mi niñez -hoy, desgraciadamente, aunque diezmados, son de los pocos árboles que quedan en el pueblo-, han dado cobijo bajo su sombra a cientos de compueblanos que han disfrutado a lo largo de muchos, pero muchos años, del relajante y merecido descanso sentados en alguno de los poyos escuchando el sonido de las hojas de ”sus chopos”; porque todos en el pueblo, han -y hemos- considerado nuestros esos árboles tan conocidos y queridos por todos los paisanos. La foto que precede a estas líneas lo demuestra con meridiana claridad.
Sé muy bien que el chopo es un árbol que ensucia bastante, todo su entorno lo mancha con esa especie de neblina en forma de líquido grasiento que desprenden las hojas en forma de pequeñas partículas y resulta pegajoso al tacto; pero, esos chopos (precisamente esos chopos de mi pueblo), que tan relacionados están con mi infancia zarceña, están desapareciendo; solamente queda una pequeña parte-muestra de lo que antes eran “Los Chopos”. Con lo fácil que arraiga en cualquier parte esa especie de árbol -y, más en ese lugar concreto en el que la humedad es abundante-, y lo sencillo que es plantar un esqueje.

Probablemente, los zarceños de mi edad y alguna generación posterior guarden los mismos o parecidos recuerdos de los chopos que los que yo tengo, pues, han sido muchos los ratos que he pasado en ese lugar tan entrañable, por lo significativo que siempre me ha resultado.


El verano pasado, en las fiestas de San Lorenzo sentí gran alegría al comprobar cómo algunas familias celebraban con euforia en su entorno protegidos por la tupida sombra que les proporcionaban, la degustación de la sabrosa paella -que muestra la fotografía- proporcionada por el Ayuntamiento a cuantos quisieron participar en el evento. Volvieron a mi los recuerdos de los buenos momentos que, unas veces sólo y otras acompañado de algún amigo de la infancia, pasé en ese preciso lugar; lugar, que ha permanecido siempre en mi recuerdo y seguirá en él hasta el final de mis días.

“Los chopos”, siempre han sido un lugar de referencia para todos los zarceños, no solo para los chavales que de niños nos servía como distracción para jugar, sobre todo, cuando era abundante lo que llamábamos algodón, y lo cogíamos a “puñaos” para tirárnoslos unos a otros como si fueran bolas de nieve. Sin embargo, resultaba incómodo -más bien molesto- para los vecinos del entorno que, sobre todo para las mujeres que en aquel entonces eran las únicas encargadas de la limpieza casera, se veían invadidas por los dichosos copos de algodón que se le metían por todas partes (especialmente los días de mucho viento), con el consiguiente cabreo, como es lógico, y les obligaba a mantener las puertas y ventanas cerradas cuando ellas querían que la casa se ventilara abriéndolas de par en par. Pero, a pesar de ello, seguían queriendo a “sus chopos”; los chopos de todos los del pueblo.

 



12 febrero 2015

EL CONTROLADOR SIN PIEDAD (El reloj)



Desde el instante de su concepción, a todo ser humano se le empieza a contar el tiempo. Su tiempo; el tiempo que se le concede a partir de ese importante momento de su existencia, hasta el final de su recorrido por lo que llamamos nuestro mundo: El Planeta tierra; que, de nuestro nada, aunque no nos lo parezca.

La mujer que ha sido preñada, cuando comenta el acontecimiento con sus allegados dice: estoy embarazada de cuatro semanas; me quedan quince días para dar a luz; mi hijo-a ya tiene siete meses, dos años, etc.; y, así sucesivamente.

Los humanos medimos el tiempo, nuestro tiempo, y el encargado de ese cometido es el reloj. El famoso y popular reloj que tan familiar nos resulta a todos.

Pero, ¿qué es el reloj?
El reloj, es uno de los instrumentos más populares y de mayor aceptación por los humanos. Es, el artilugio medidor que el hombre ha inventado para autocontrolar todos sus movimientos, pero que, en algunos casos no le gustaría ser controlado. Sin embargo, el hombre es un controlador por naturaleza, aunque no siempre lo reconoce. 

Y, ¿para qué sirve el reloj?
Desde el origen conocido del hombre, éste, siempre (posiblemente por instinto), ha tendido a controlar su tiempo. Al principio de su existencia lo contaban por lunas. Tantas lunas para tal o cuál acontecimiento o actividad; después, ideo el reloj de sol, el de aire, el de arena, el de agua o clepsidra, etc.,  con la finalidad de repartirse ese tiempo a su voluntad y disponer de él a medida de sus necesidades. Por lo tanto; el reloj le sirve al hombre para saber en todo momento de cuánto tiempo dispone para realizar alguna actividad de su interés y saber como dosificárselo. 



¿Por qué los humanos usamos tanto el reloj?

Como citaba anteriormente, los seres humanos en todo momento tenemos la imperiosa necesidad de saber en la hora en que estamos viviendo, y, para ello, la mayoría se hace acompañar del citado instrumento que con su parsimoniosa pasividad y su imparable tic, tac, que va contando segundo a segundo nuestro paso por la vida; y, sin embargo, la casi totalidad de los habitantes del planeta tienen una relación directa con el reloj y toleran -o toleramos- su presencia en nuestra muñeca. Como muestran las dos fotografías que preceden a este párrafo.

 Hasta hace relativamente poco tiempo, el reloj consistía en unas manecillas (agujas) que giraban de izquierda a derecha sobre una superficie esférica que marcaban el paso del tiempo medido en segundos, minutos, horas… como muestra la  primera fotografía que encabeza este escrito en la que podemos apreciar un modelo sencillo con numeración romana.


La perfección que con el paso del tiempo ha adquirido “ese trasto”, permite medir con una precisión tan perfecta, hasta la fracción más pequeña del tiempo; o sea, nos permite controlarnos con gran exactitud los más ínfimos espacios de nuestro tiempo, gracias a los más sofisticados aparatos de medida que dan fundamento al reloj; que, a medida que ha ido evolucionando la tecnología para su fabricación, los nuevos modelos son más precisos y ofrecen mayores prestaciones a los usuarios.


Algunos de estos artilugios, tales como el reloj de sol, o el de arena, aunque continúan en vigor, en la actualidad solamente tienen una aplicación más bien testimonial. Simbólica; pero no es muy frecuente su uso en la  práctica, como muestran las tres fotografías adjuntas.

Parece ser, (no está demostrado documentalmente) que, tres mil años antes de Cristo, los chinos ya disponían del reloj que dio origen al que hoy conocemos y utilizamos; si bien, los egipcios no le iban a la zaga en aquel entonces. Posteriormente, los Incas, también tuvieron algo que ver con el reloj y la forma de medir el tiempo con precisión.

El reloj, como todo en la vida ha ido evolucionando, desde el reloj de pared con péndulo, el de bolsillo, el de pulsera, etc., hasta el más sofisticado de la actualidad que, como es bien conocido por todos, son analógicos, o digitales y su maquinaria se activa generalmente, mediante un sistema eléctrico más o menos sofisticado, bien con pilas, baterías, corriente  de línea o con placas solares; hasta llegar al más preciso de todos, que es el atómico.



Como todo lo que en éste mundo esté relacionado con ese sistema arrollador, como lo es el sistema capitalista implantado prácticamente en todo el planeta, éste, establece una relación directa tiempo-dinero-poder, lo cuál obliga a un estricto control de ese tiempo y, como consecuencia, la medición debe ser cada vez más exacta. De ahí, que cada persona lleve en su muñeca consigo en todo momento el dichoso aparatejo que todo lo controla y nos controla  inmisericordemente.


El reloj, además de que le reporta al ser humano un impagable servicio –dadas las circunstancias-, se está convirtiendo a su vez, en un símbolo de elegancia y distinción en ciertos sectores de la sociedad contemporánea, y su valor va en aumento progresivo. Muestra de ello, son las dos fotos que se acompañan a este párrafo.





Hay relojes que han marcado un hito en la historia de los países. En España se ha hecho muy famoso el reloj de La Puerta Del Sol de Madrid, y que, gracias a los medios de comunicación, se conoce en todo el mundo que el final del año se celebra en la citada plaza con gran euforia y alegría la bajada del Carrillón y las doce campanadas de despedida del año viejo y entrada del








nuevo, como se puede apreciar en las fotografías que acompañan el entorno de este 
párrafo.


Otro importante reloj, en todo el significado de la palabra, es de Westminster, ubicado en la Torre Isabel del Palacio del Parlamento Británico en Londres, conocido en el mundo entero por su señorío y prestancia y del que se sienten orgullosos los ingleses. Fotografías adjuntas.




No menos conocido es el magnifico reloj de la Plaza de San Marcos en Venecia, que  hace de la Torre Dell`Orologio el centro de atracción turística de la ciudad de las góndolas, en cuya cima está ubicada la gran campana  y dos figuras de bronce oscurecido conocidos como “Los Moros”, que están en pie en lo alto de la misma y tocan la campana cada hora  haciendo que los visitantes concentren su atención en el original evento que hace del turismo veneciano


su Meca y aprovecha para ver el movimiento de los conocidos “Gigantes”; como muestran las tres últimas fotografías, que, junto a las anteriores, han sido bajadas de Internet.

Hay cientos de magníficos relojes a lo largo del los distintos continentes que son importantes, pero, he citado estos ejemplos porque nos resultan relativamente cercanos, y, también, relativamente conocidos.

Algunas veces, reflexionando sobre lo que es la vida y lo que hacemos los humanos en ella, me pregunto sin hallar una respuesta convincente, si el hombre nace libre como el ave y se le debe dejar hacer su libre albedrío: ¿Para qué demonios necesita el dichoso reloj, si es un incansable controlador de su propio tiempo que lo vigila las veinticuatro horas del día? ¿No resulta una discordancia contradicente que no encaja dentro del concepto de la libertad, que, es el motor de la felicidad que el hombre necesita para disfrutar de la vida tan maravillosa que le ha sido concedida temporalmente?

O, ¿es que, quizás, no hemos sabido entender bien la relación existente entre la libertad que el hombre debe disfrutar, y el agobio que supone estar siempre pendiente del dichoso reloj  para llegar puntualmente a la cita en todo momento y quedar en buen lugar?

Y, para terminar. Una  pregunta y una reflexión-pregunta, a las que me gustaría obtener respuesta por parte de algún lector:
1- ¿Para qué querrá el hombre controlar su tiempo, si le resta su propia libertad?

2- Si el hombre hubiera aprendido a vivir; ¿necesitaría controlar su tiempo?

29 enero 2015

EL TIEMPO

El dichoso tiempo, en el que, desde que nacemos acumulamos en nuestro haber: minutos, días, años, etc., que en el futuro nos servirán para que, con la experiencia adquirida  podamos desenvolvernos en distintas actividades a lo largo de nuestras vidas. Pero; ¡Ay el tiempo! El desconsiderado tiempo que pasa una sola vez por nuestra vida y nos deja una marcada huella en nuestra piel, nuestra mente, nuestro comportamiento, etc. 
El tiempo pasa por delante de nosotros sin apenas percatarse de nuestra presencia, le resultamos indiferentes a su actividad cotidiana.

El tiempo es una magnitud física con la que acostumbramos a medir la duración de los acontecimientos y los separamos en espacios sujetos a cambios y observación.

El tiempo ordena los sucesos en secuencias, separa el pasado del presente, del futuro, y, según un proverbio italiano; el amor hace pasar el tiempo y el tiempo hace pasar el amor.

Por suerte, y, por muy pobre que seamos, a todos los humanos lo único que nos pertenece es el tiempo, aunque no tengamos otra cosa, y, afortunadamente, gratis, aunque el tiempo pasado no vuelva jamás, como apunta otro proverbio árabe que afirma que, hay cuatro cosas que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada.

El tiempo pasado condena al olvido la memoria de los más importantes acontecimientos. Cuando nacemos, el capital más importante de que disponemos en ese momento en nuestro planeta llamado mundo, es el tiempo que se nos concede para vivir; pero es tan corto -o al menos, eso nos parece- ese espacio de tiempo que cuando nos acercamos al final, nos parece que estamos en el principio; quizás, amparándonos en la pésima idea de disfrutar cada segundo, cada instante de esta vida prestada -de la que nos parece que somos los dueños absolutos-, y de esa mente privilegiada que nos dotó la naturaleza y no se adapta a la realidad de la temporalidad concedida con tanta benevolencia.

Para calcular o medir con más o menos precisión, los humanos medimos el tiempo según nuestras necesidades o conveniencias en: segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, siglos, etc., que nos sirven como referencia para hacernos una idea del espacio que media entre el lugar y momento en que nos encontramos, y un determinado acontecimiento pretérito o futuro que nos despierta algún interés.

Mientras los humanos observamos impasibles el paso inexorable del tiempo y de los recuerdos vividos en ese tiempo que nos fue concedido y no siempre bien aprovechado, éste, se nos esfuma sin apenas enterarnos; en múltiples ocasiones por la falta de visión de futuro, cuando no por incapacidad de entender cuál es nuestra misión en este mundo para disfrutar del tiempo tan generosamente concedido y que, por muy buena voluntad que tengamos de corregir nuestros pasados errores, nos pasará la factura que tenemos pendiente, por la que no tendremos que pagar ni un solo céntimo: solo, el viaje sin retorno. Por eso, el único medio de envejecer es vivir mucho tiempo.

Pero, a todo esto; ¿qué es realmente el tiempo, además de la magnitud citada?
Depende: Para un enamorado, que en un momento de ternura le diría a su enamorada mirándole a los ojos: “estar contigo o no estar contigo es la medida del tiempo”. Sin ninguna duda, porque cuando hay amor, la distancia y el tiempo no existen ni importan, ya que, para él no hay más tiempo que el que vive en ese momento. Sin embargo, para un filósofo, un escritor, el mejor poeta, etc., para los que el tiempo es el mejor autor, porque  siempre encuentra un final perfecto para todo; la dimensión es otra, porque tienen una percepción distinta de la del enamorado. Pero, el tiempo es tan relativo, que, un solo minuto sería suficiente para soñar toda una vida; y, mal que nos pese, el tiempo siempre pasa, estemos animados o abúlicos, haga frío o calor, esté el día borrascoso o apacible; el tiempo siempre pasa con la misma parsimonia acostumbrada: seguro, impío, implacable, impertérrito, impasible, inexorable, indiferente…
En cualquier caso, el tiempo hay que saber tomarlo con filosofía y buen humor. Recuerdo de niño oírle decir a mi abuela en repetidas ocasiones cuando le atosigaba la faena de la casa: no tengo tiempo para tener prisa. ¡Qué razón y, qué visión de futuro tenía la mujer! Lástima que no pueda dársela ahora que he entendido su significado.

Miguel de Cervantes –al que ahora le están removiendo los huesos-, confiaba en el tiempo, porque, según él, suele dar dulces salidas a amargas dificultades. Y, es cierto.
Willian Shakespeare decía que, nosotros matamos el tiempo, pero él nos mata a todos. ¡Qué razón tenía también el literato inglés!

En algunos momentos de ocio contemplando el dichoso   aparatejo medidor, yo me he planteado en más de una ocasión si el tic tac del reloj, no es algo así como el ratón que roe, no el queso, sino el tiempo imparablemente. Ese tiempo fugaz que es como la corriente de un río en el que todos pescamos, y, sin embargo, no se puede tocar dos veces el mimo agua porque el flujo pasa una sola vez. Quizás, porque no sabemos utilizar el tiempo como herramienta y no como vehículo, o, porque no hemos entendido bien que la muerte y el tiempo, llevan el mismo camino; sobre todo si tenemos en cuenta, que el tiempo es el único combustible que arde sin dejar residuos; aunque alguien pueda pensar que esa canción ya la ha escuchado muchas veces antes. Yo también, y por eso la tengo presente; porque estoy convencido de que, a fin de cuentas, el tiempo es una de las pocas cosas importantes que dejamos al partir.

Un consejo de amigo: No pierdas tu tiempo en llorar ni añorar el pasado ni el futuro. Disfruta el presente y no te arrepentirás. ¡Vive la vida en tu tiempo con ilusión! Es única y original.

Y, una pregunta para todos los lectores. A ver si alguno me puede dar la respuesta adecuada y consigo dar con él: ¿Dónde está el freno de mano del tiempo, que no lo encuentro por ninguna parte?