02 junio 2012

AL VOLANTE


       
LAS MANOS EN EL VOLANTE.



Es frecuente observar como algunos conductores conducen con una sola mano al volante, la otra, la llevan apoyada descansando en la palanca del cambio de marchas, en la pierna de la chica de al lado, o, peor aún, en el teléfono móvil; otros van con el codo apoyado en la ventanilla con medio brazo fuera del coche, consiguiendo en ambos casos el mismo resultado: que, la mayor parte del tiempo, conducen con una sola mano como el ejemplo que ilustra las fotografías inferiores en las que ambos conductores no llevan las dos manos al volante como debieran para poder actuar en un momento inesperado ante una espontánea situación de peligro imprevisible y estar en condiciones de salir airoso de él; lo cual, siempre es rechazable.


 

Posición inadecuada tanto de la mano que va al volante, como del brazo que va apoyado en la ventanilla, que,  en ambos casos, le impediría girar con rapidez ante una emergencia. La fotografía de la derecha, muestra un conductor con un vendaje (se supone que por lesión temporal) que, le incapacita legalmente para conducirmientras dure esa anomalía.

Generalmente, estos conductores, suelen ser experimentados y con varios años en el manejo del vehículo, que normalmente no han tenido accidentes graves que le hayan dejado secuelas negativas; -casi siempre, tienen muchos kilómetros a sus espaldas- o bien, no han sido los responsables del mismo, dado el grado de confianza que tienen en sí mismos; sin embargo, no hay que olvidarnos que al volante, el exceso de confianza puede matar si no prestamos la atención debida a la conducción, porque al volante; hay que tenerlo siempre presente: ¡la vista es la vida!.
Hay personas que son incapaces de permanecer con las manos quietas cuando conducen; sueltan el volante por cualquier cosa, como si estuvieran jugando al dominó y dejaran apartada a un lado la ficha con la que pretender hacer capi, para irla levantando y ojeando de vez en cuando; sin embargo,  lo que van a conseguir es hacer capú en vez de capi. Esta actitud forma parte de su comunicación verbal ordinaria que caracteriza su forma de expresión gesticular, sin la cual no son capaces de conversar con normalidad; téngase en cuenta, que, esta  peligrosa actitud al volante, la debemos evitar si no queremos que nos perjudique. Es necesario erradicarla.
 
 Dos buenos ejemplos de incompatibilidad con la conducción segura, y premio para la merecida rebaja de puntos.    

En los muchos años dedicados a la enseñanza de la conducción en todas sus facetas, he experimentado con bastantes alumnos, sobre todo en las primeras clases prácticas, que al hablarle, la mayoría gira la cabeza para mirarme, y, a pesar de que les digo que no me miren, que soy muy feo y estoy muy visto, siguen girándose y mirándome para escuchar lo que les digo, desatendiendo la conducción y desconcentrando su atención de la parte delantera que es donde debe situarse siempre que conducimos. Cuando les digo que para conducir no es necesario mirar al que llevamos al lado para escuchar lo que dice, caen en la cuenta del error cometido, pero instintivamente, vuelven a incurrir en el mismo error un poco más adelante, hasta que por fin, toman conciencia del riesgo que ello supone y el peligro que entraña la presencia en la vía con ese comportamiento; tanto para nosotros, como para el resto de usuarios que no tienen por qué pagar las consecuencias de nuestros errores     
                                                                                                                                                                                                                                                              Demasiados anillos, para conducir estorban.
 Aunque no me gusta hacerlo, a continuación transcribo literalmente lo que dice el Reglamento de Circulación al respecto: El conductor de un vehículo está obligado a mantener su propia libertad de movimientos el campo necesario de visión y la atención permanente a la conducción que garantice su propia seguridad, la del resto de los ocupantes y la de los demás usuarios de la vía. A estos efectos deberá cuidar especialmente de mantener la posición adecuada y que la mantengan el resto de los pasajeros y la adecuada colocación de los objetos o animales transportados para que no haya interferencia entre el conductor y cualquiera de ellos..... y como vemos en la foto superior, el conductor no adopta la posición adecuada ni de las manos al volante, ni de su propio cuerpo, que parece que vaya encogido de frío. A proposito; la ropa debe ser más ligera en la medida de lo posible y, las joyas no son precisamente para exibirlas conduciendo. En ambos casos, llevan las manos  en el lugar inadecuado.
El volante hay que asirlo siempre con las dos manos salvo en casos excepcionales, y adoptar la postura idónea en el asiento, para que en caso de necesidad, dispongamos de la movilidad suficiente que nos permita el mayor giro posible del volante ante una emergencia. La postura correcta es la de la mecanógrafa sentada frene a la máquina de escribir. Hoy, el ordenador.

Generalmente, los españoles que hasta en en eso , somos originales, gesticulamos mucho, y también cuando hablamos miramos mucho a nuestro acompañante cuando conducimos. Si bien es verdad que la comunicación gestual y la mirada enriquecen toda conversación directa; especialmente cuando estamos acra a cara, este comportamiento, cuando conducimos, constituye un gran problema mezclar la conversación verbal-gesticular con el gobierno del vehículo mediante el dominio del volante y el resto de mandos, y la atención concentrada en la parte delantera; pues, sin ninguna duda, el vehículo, es una máquina que nos presta un gran servicio; pero no es menos cierto, que, la impericia en el manejo de la misma, la inadecuada posición en el asiento  y no coger el volante correctamente, le pueden convertir en un arma peligrosa si no se tiene un perfecto dominio de la misma; y aún así, todas las armas son peligrosas aunque se manejen bien y por manos muy expertas. 
 Si como en el caso que nos ocupa, desatendemos el volante en el momento más inoportuno, sobre todo en curvas; o si el conductor en  cuestión es una persona a la que le cuesta mantener una conversación sin mirar a su interlocutor y no lleva bien cogido el volante en la posición correcta que son las diez y diez, o las dos menos diez de las agujas del reloj y ninguna otra, como indica la fotografía superior izquierda; el conductor tiene todas los números para que le toque el primer premio: el accidente, que, con mucha suerte, pero con mucha, mucha suerte, se puede quedar sólo en susto.

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Esta es la posición ideal de coger el volante. Brazos            Ejemplo claro de cómo no se debe conducir
ligeramente estirados, colgando y poca ropa.

El volante no es para apoyarnos en él. El volante es el timón del barco que hay que cogerlo con delicadeza, como si fuera un pajarito al que si  apretamos mucho lo matamos y si lo aflojamos más de la cuenta se nos escapa volando. No hay que meter las manos por dentro ni dar palmadas -o palmear- sobre él para efectuar el giro; hay que girar con energía pero con soltura y suavidad, sin mover para nada el tronco ni variar la posición, moviendo solamente los brazos con agilidad y pasando una mano por encima de la otra sin que se crucen. En la medida de lo posible, sería aconsejable conducir con una prenda superior de manga corta como el conductor de la fotografía superior izquierda. No tomar ejemplo de la posición de las manos de la conductora de la derecha.

Todo conductor que sube a su vehículo para conducirlo; antes de poner el motor en marcha para iniciar la conducción, ha de comprobar si su posición es la correcta; es decir, se ha de acomodar bien en el asiento para llegar bien y con comodidad a los distintos mandos que tiene que manipular durante la conducción si quiere que esta, sea segura.
Para adoptar la posición adecuada de las manos al volante que es fundamental por razones de seguridad; el conductor lo primero que debe hacer cuando entra al coche es regular el asiento, ponerlo a su medida; para lo cual tomará como referencia el pedal del embrague pisándolo a fondo y manteniendolo en esa posición mientras lo regula, luego, lo irá avanzando o retrocediendo lo que necesite hasta que le quede la pierna izquierda tocando suavemente el muslo con la banqueta, y las dos piernas ligeramente estiradas, no estiradas, semi dobladas, flexionadas a la altura de las rodillas y no extendidas; el respaldo lo regulará apoyando una mano en la parte superior del volante cerrándola y agarrándolo suavemente; con la otra, regulará el asiento hacia atrás o adelante hasta que el brazo que tiene al volante, quede semidoblado, ligeramente estirado –no estirado- como las piernas y nos permita el giro total del volante sin tener que avanzar ni mover el cuerpo o separarlo del respaldo. Los codos, siempre deberán ir colgando, los brazos sueltos, ligeramente flexionados, sin ningún tipo de tensión, como si estuvieran inertes, flojos pero expectantes.
Recordemos que el respaldo siempre debe ir tocando suavemente la espalda, y ésta, estar  siempre recta, aunque a muchos, quizá la mayoría, no estén de acuerdo con este principio porque le parezca que no es cómoda o que da la impresión de ser novato.
Supongo, -no sé si es suponer mucho- que, a la mayoría de lectores-conductores, en alguna ocasión, su pareja o persona que oficialmente le acaricia, cuando al llegar a casa, lo/la ha encontrado sentado/a se le ha acercado por detrás sigilosamente, le ha pasado los brazos por encima y abrazándole suavemente le ha acariciado con ternura y premiado con un beso y una sonrisa, mientras él/ella le corresponde con delicadeza, acariciándole suavemente con su espalda. Bueno, pues así de suave como en esa ocasión, debemos acariciar permanentemente con nuestra espalda el respaldo de nuestro asiento para que no haya presión ni tensión y podamos estar siempre sueltos para reaccionar con prontitud ante cualquier emergencia que nos surja en la conducción; aunque la sensación no sea la misma que cuando nos acarician tiernamente mientras nos abrazan.
Una vez reglados el asiento y el respaldo, colocaremos a la altura del conductor el reposacabezas; y, a continuación orientaremos los espejos retrovisores de nuestro vehículo, procurando no tocar con los dedos el cristal para no dejar estampadas nuestras huellas dactilares, porque el espejo, (los espejos) siempre tienen que estar bien limpios. (ya tocaremos este tema en capítulo aparte)

    Este fotograma nos muestra la altura correcta del reposacabezas  y  esta otra la distancia que debe mediar con la cabeza.
 
El reposacabezas.

La función primordial del reposacabezas no es la de proporcionar comodidad ni a los ocupantes de los asientos del vehículo y menos aún  al conductor, sino minimizar las lesiones cervicales que pudieran producirse en caso de accidente, en especial cuando el golpe se produzca por alcance. En cualquier caso, el reposacabezas siempre irá ajustado a la estatura del conductor, (también del resto de ocupantes, claro). Los reposacabezas forman parte de la seguridad pasiva.
Se calcula que alrededor del 70% de los ocupantes de los automóviles, llevan mal colocado el reposacabezas, cuya finalidad es proteger la cabeza en caso de accidente y no forman parte de la decoración del vehículo ni pretende aportar comodidad al usuario, sino seguridad, que son dos cosas bien distintas.
No llevarlo bien ajustado a la estatura no sólo del conductor, sino de todos los ocupantes del vehículo, puede propiciar, en muchos accidentes un latigazo cervical a cualquiera de los ocupantes, cuyas consecuencias pueden ser leves, (torticulis) o graves o muy graves como una paraplegia o  peor aún, una tetraplegia.
Se calcula que unas 20.000 personas anualmente sufren en España latigazo cervical; la mayoría tienen su origen en choques o golpes por alcance, como ocurre con frecuencia, cuando a un vehículo detenido ante un semáforo, el que le sigue le embiste por detrás porque su conductor no frenó a tiempo y, sí lo hizo a oído.
Esta lesión también se produce o puede producirse como consecuencia de un frenazo brusco, así como de un choque frontal o lateral; por ello, la función del reposacabezas es fundamental y debe estar siempre a la altura correspondiente.
El reposacabezas no debe tocar la nuca constantemente, es aconsejable que medie una distancia aproximada de tres-cuatro centímetros; pero, lo que sí debe, es estar a la altura adecuada de cada conductor y ocupante para evitar los daños cervicales que puedan derivarse de una mala posición en caso de choque por alcance del que nos sigue u otro accidente que pudiera dañárnoslas. La altura ideal es: la parte superior del reposacabezas a la misma altura de la parte superior de nuestra cabeza; o sea, al mismo nivel, como se indica en los maniquís de  las fotografías que se adjuntan.
Por consiguiente, cada vez que cojamos un coche que no sea el que conducimos habitualmente, debemos regular, en primer lugar, el asiento, luego el respaldo, a continuación el reposacabezas y después los espejos retrovisores, para seguidamente ajustarnos el cinturón de seguridad. Siempre en este orden y todos los espejos, tanto el interior como los exteriores.

Posición correcta de las manos. Brazos excesivamente extirados
que no le permitirían girar con rapidez en caso de emergencia.   
Dispositivo de la oreja inoportuno.       

                                                                                                                    ¿Cómo reaccionaría esta conductora ante una emergencia?                                                                   
                                                                                             
 

Hay conductores que practican el “tumbing” conduciendo, (como la conductora de la fotografía de la izquierda) y adoptan una posición más cómoda tipo sofá, en la que van prácticamente tumbados en el

asiento con el respaldo muy atrás, los brazos y las piernas muy estiradas como si estuvieran en el bar tomándose una cerveza con los amigos charlando amigablemente; supongo que porque se sienten pilotos de un Fórmula Uno, sin tener en cuenta que van conduciendo por una vía pública abierta al tráfico en general y no por un circuito de pruebas cerrado al resto de usuarios, en el que sólo practican los conductores que son profesionales y muy expertos en un tipo de conducción concreta; que por cierto, estos pilotos cuando circulan por las vías públicas son los más precavidos y prudentes, como está bien demostrado.

    Dos claros ejemplos de lo que no se debe hacer conduciendo. ¿Cuál sería su reacción si tuviesen un reventón de rueda?
                                                                                                                                
                                      
                          

Algunos conductores como los que ilustran las dos fotografías que tenemos en la parte superior; de estos renglones, son un claro ejemplo de una desatención casi total de la actividad que realizan, la cual requiere toda su atención y no se la prestan.
Existe también el conductor que cuando va al volante se olvida de la actividad que realiza en ese momento y con toda la normalidad se retuerce para darle un beso en el pico a la pareja que lleva al lado, olvidándose de que ese tipo de beso no sabe a nada por la rapidez que se emplea en ello. El beso tiene que ser con alegría, viveza y tranquilidad para saborearlo en toda su dimensión. En repetidas ocasiones, sobre todo en las clases teóricas, cuando, tocando el tema de la concentración al volante algún alumno preguntaba o hacía indirectamente algún comentario sobre ese particular  para ver qué le contestaba o cual era mi opinión al respecto, ante esa actitud conduciendo; mi rápida respuesta era: si besas no conduzcas y si conduces no beses, porque el beso es algo que requiere toda la atención de la pareja; sencillamente: párate y besa, pero besa bien, no lo hagas como las palomas dándose el pico de refilón. El beso no hay que desaprovecharlo porque pierde la esencia que conlleva si no se hace poniendo en él todo el interés que precisa. Haz las cosas como hay que hacerlas: Bien, con alegría y sensatez, porque las consecuencias que pueden derivarse de un comportamiento inadecuado conduciendo, son imprevisibles y nos llevarán directamente al accidente si perdemos el control del vehículo solo por dar un beso que no llega ni a descafeinado, por lo corto que se queda y los riesgos que conlleva la falta de concentración en ambas actividades: El beso y la conducción.
Conducir es incompatible con las caricias, los besos y las miradas más o menos tiernas dirigidas a nuestro acompañante por muy hermosas que tenga las piernas la chica o atractivo y generoso que sea el escote de su vestido, o cachas que esté el chico-acompañante con vestimenta deportiva en verano y por muy animados que estemos en ese momento, porque, precisamente, ese no es el momento, por más que nos pese. Ya sé que habrá más de uno que no esté de acuerdo conmigo en este tema, pero es así; cada cosa en su sito y su momento. Hay un momento y lugar adecuado para cada cosa. También para el amor; y no es precisamente el coche cuando está en movimiento. ¡Párate...! y busca el sitio adecuado; pero, no olvidemos nunca cuando vayamos conduciendo, que al volante, la vista es la vida; y, perdón por la redundancia.

Las manos deben ir un poco más arriba. Muy poco.                  

                                                                          Imposible dominar el volante cogiéndolo así.

Y, un último consejo por hoy: Para conducir, nada de zapatos de tacón alto, ni botas camperas   -botos en Salamanca- o rígidas  y de caña alta que son muy buenas para la moto, (ya tocaremos este tema) pero un peligro para el coche; el calzado deberá ser siempre flexible para que permita una acción correcta sobre los pedales. Sé muy bien por experiencia en la enseñanza de la conducción, que es un pecado mortal decirle a una mujer que los zapatos de tacón no debe usarlos para conducir un día que se va de marcha, pero lo cierto es que, sin ser pecado, podrían ser mortales. Nada de vestidos muy largos, faldas largas, acampanadas o vestidos de noche que,  sí, son muy elegantes y hermosean a las mujeres pero no son útiles para la conducción, no a cualquier tipo de ropa muy ajustada. No a la minifalda (con la iglesia hemos topado) a no ser que sea de tejido flexible tipo licra que permita abrir un poco las piernas al accionar los pedales. Es desaconsejable conducir con chaqueta-americana, abrigo, chaquetón, gabardina o ropa muy gruesa en invierno que impide la soltura y movilidad de los brazos a la hora de tener que girar el volante con rapidez y permita el giro con soltura pasando una mano por encima de la otra sin cruzarse en caso de emergencia. La vestimenta tiene que ser holgada y ligera, para que siempre nos permita agilizar el movimiento de los brazos a ambos lados sin ningún tipo de trabas que lo impida.
La posición de la mano derecha del conductor de la izquierda (fotografías superiores) no le permitiría girar hacia abajo sin trabarse; igual suerte correría el de la derecha si pretendiera girar a ese lado, pues ambas manos se trabarían impidiéndole el giro.
La libertad del movimiento del volante, no puede verse impedida por la inadecuada posición de las manos al mismo, por un distanciamiento excesivo del cuerpo, o por una vestimenta que nos ate o no nos deje mover el volante con la soltura que precisa la conducción.
Luis

26 mayo 2012

RECUERDOS Y AÑORANZAS



            La infancia, es una etapa que deja en las personas  una marca indeleble de algunas o casi todas las vivencias que nos acontecen en ese único y maravilloso tiempo de la niñez. Almacena en nuestra memoria una serie de recuerdos que, a lo largo de nuestra existencia irán aflorando a nuestra mente en los momentos más inesperados. Algunos de ellos nos acompañarán casi permanentemente, otros, tendrán una aparición esporádica o con una cadencia de intermitencia mas o menos larga y, algunos, se nos presentarán espontáneamente sin pedir permiso y sin que sepamos bien el porqué de su presencia, y sin embargo, nos resultará grata su compañía.
         La complejidad del ser humano tiene estas cosas. Cuando menos te lo esperas, aparece uno de aquellos recuerdos que guardabas en el baúl y te hace revivir aquellos maravillosos momentos que son los dulces recuerdos de la niñez. Ese es mi caso. Viví una infancia feliz en un lugar para mí maravilloso, del que guardo los más gratos recuerdos que me premian con su visita y me refrescan la memoria reconfortándomela.
          Últimamente, como consecuencia de una amena charla telefónica que mantuvimos Manolo, (el jefe de la Wed) y yo, los recuerdos de mi infancia me visitan más asiduamente, no sé si es porque a cierta edad, retorna uno a sus orígenes, o porque me ha invadido la nostalgia, pero, lo cierto es que me acuerdo más que nunca de todo aquello que rodeó mi vida hasta los catorce años que partí del pueblo. Pueblo que siempre he llevado guardado en lo más profundo de mi ser. En este pueblo, que para mí es el más maravilloso del planeta que habitamos y, no tiene par, jugábamos los niños (la niñas no) a la Brinca, al Marro, a la pelota a mano en el frontón y nos pegábamos cada guarrazo tanto al tirarnos como algunas veces al bajar o caernos. No quiero reflejar aquí los piropos que me echó  Agapito que, e.p.d., un día que jugábamos a la brinca en la pared que está frente al frontón, cuando al tirarme y saltar, le di involuntariamente una patada con el talón del pie en la cabeza, cosa bastante frecuente en muchachos tan poco finos como entonces éramos nosotros; pero, este detalle, me ha permitido recordar lo bien que nos lo pasábamos. ¡Qué tiempos tan maravillosos...! y ¡Qué lástima que no esté Agapito ahora para recordarlo...!
          Lo cierto es que, si lo miramos con optimismo como deberíamos ver y vivir la vida, podemos revivirlos y disfrutarlos tantas cuantas veces queramos. Es cuestión de enfoque.
          Estos juegos,  como las canicas, la peonza, ir a buscar nidos, etc. desafortunadamente están desapareciendo, aunque permanezcan latentes en la memoria de aquellos que como yo, ya nos estamos aproximando a la meta, y que en las próximas generaciones solo se conozcan como piezas de museo o, lo que el viento se llevó, pero que fueron nuestra viva, alegre, ingenua y divertida infancia.
A pesar de que tuve que marchar del pueblo en año 1.954, al finalizar la escuela, (la escuela  grande claro) me resulta grato recordar hechos acaecidos en mi estancia en La Zarza, así como algunos inolvidables lugares y rincones que siempre los he considerado típicos por su originalidad y prestancia que le dan personalidad al pueblo.
Conservo en el recuerdo algunas costumbres como “los gallos” o correr los gallos, y comprendo que en ciertos sectores de la sociedad no se entiendan por su crueldad, pero, tan cruel es matar así a los gallos como a los toros en la plaza, también por divertimiento; los pollos, cerdos, vacas, terneros, corderos, etc, etc, en los mataderos, (si bien en estos casos no es para diversión del vecindario, sino para la alimentación humana) o, ir de pesca con la caña y dejar morir lentamente agonizantes en la cesta los peces pescados y heridos por el anzuelo, y que yo sepa,  nadie se escandaliza por ello, por no hablar de la caza y matanza despiadada de las focas, ballenas y otras muchas especies que, solo para enumerarlas se necesitaría un libro entero. Con esto, no quiero defender la injustificada y cruel matanza del gallo, (entre otras cosas, porque soy ecologista y acérrimo defensor de los animales, de todos) sólo quería citar de paso, otras actividades tan ingratas o más que la tradicional costumbre de correr los gallos zarceños en las fiestas típicas del pueblo  sin intención de polemizar, pero con el ánimo de conservar la tradición que forma parte importante de la historia de La Zarza y no es cuestión de perderla si hay solución. Y, sin duda, la hay. Ya me manifesté a este respecto en esta misma sección de sintonía el 15 del pasado mes de marzo en un artículo titulado “Correr los Gallos”
A mi, personalmente me ilusionaban las carreras de gallos. Para los pequeños, “los gallos” era una fiesta esperada con ilusión. Los recuerdos de mi infancia que guardo respecto a este espectáculo, me han acompañado en mi peregrinar por la vida y afloran a mi mente con frecuencia, especialmente cuando veo o leo algo relacionado con las viejas costumbres arraigadas en algún pueblo, que, o bien por la televisión, o bien por otro medio de comunicación llega hasta mí. Sé bien que defender esta tradición en la que para diversión de unos cuantos hay que sacrificar salvajemente a un animal, está fuera de todo razonamiento y, no es mi intención convertirme en abogado del diablo, y más, siendo como soy defensor de los animales y del ecosistema; por eso, y porque la lógica lo desaconseja, es por lo que desde mi punto de vista, se debería buscar un sustituto que se asimile a esa vieja y arraigada costumbre de correr los gallos, y al mismo tiempo llenara el vacío que ésta dejó, volviendo a nuestra fiesta y nuestra tradición.
Otro recuerdo muy agradable son las capas de grueso tejido que los munícipes se ponían en los acontecimientos más importantes, tanto religiosos como paganos. Esas capas que con su tipismo, prestancia y,  por qué no, también elegancia y señorío, se me antojaban de una majestuosidad tal, que, para un niño de mi edad en aquel entonces, era fuera de lo normal, más bien excepcional, ver vestidos de esa forma a los mandamases del pueblo dándose importancia de autoridad, me sonaba a superioridad y  para mí era todo un acontecimiento.
Cuando en las fiestas de San Lorenzo u otras festividades casi siempre de carácter religioso, el Alcalde, Juez de paz, y resto de Concejales ocupaban los bancos de la iglesia a ambos lados del altar y el Juez y el Alcalde lucían el bastón de mando, recuerdo que los chavales comentábamos lo guapos que eran esos bastones, la vara del Ayuntamiento como la llamábamos. No sé si se seguirá esa tradición de acompañar los munícipes y el Juez  de paz en las fiestas religiosas al sacerdote que celebra la misa en la iglesia parroquial, pero en mi infancia era  normal que, endomingados y ataviados con sus capas ocuparan los bancos que durante el resto del año no estaban destinados a esa finalidad. Tampoco sé si en la iglesia, actualmente,  siguen estando separados los niños de las niñas, los mozos de las mozas, los hombres casados de las mujeres, ocupando bancos distintos; espero que no, porque esa arcaica manía de entonces que tenía el sacerdote de mi tiempo, -del que por cierto guardo muchos y agradables recuerdos, aunque sé que un buen número de compueblanos no comparten esa opinión- hoy, no  parece de recibo; pero en mi mente, permanece latente el recuerdo de esas vivencias tan gratas par mí de los años de la infancia que se fue para nunca más volver. Pasó como el viento ahilado que nos deja el recuerdo de su paso. ¡Grato recuerdo por cierto!
Las embarradas calles del pueblo que cada vez que llovía, algunas eran un autentico barrizal. Recuerdo bien que, entre otras,  la calle de la casa del cura, (la casa parroquial) justo a la altura de la puerta de entrada, que había una larga hilera de piedras a modo de acera para poder pasar por encima sin embadurnarse uno mucho, que algunas se movían cuando pisabas encima y, si no guardabas bien el equilibrio, te bañabas en el abundante barro que se hacía al paso de los carros y demás animales que iban a abrevar al pilar procedentes de esa parte del pueblo.

EL PILAR
Uno de mis más arraigados recuerdos es el pilar; tal es así, que cada vez que he ido al pueblo, lo primero que he hecho es beber agua de los dos caños. Recuerdo que, en  la penúltima vez que visité la Zarza, (todavía no había agua corriente en las casas, ni el pilar estaba encarcelado entre rejas) iba camino de Pereña hacia Fermoselle, me detuve y paré el motor de mi coche para bajarme a beber agua de los dos caños como tantas veces lo hiciera en mi infancia. Había, como de costumbre, algunas mujeres llenando sus cántaros y, cuando una de ellas, amablemente me dejó beber agua después de llenar uno de sus dos cántaros, me aparté un poco y esperé para beber del otro caño cuando me tocara la vez, y la buena mujer me preguntó si tanta sed tenía para volver a beber, pues ella ya había puesto bajo el caño la otra cantara; cual fue su extrañeza, cuando le dije que necesitaba beber de los dos caños porque sino no podría continuar el viaje hasta mi destino. La compueblana se quedó extrañada, me miró un poquito de reojo y me imagino que pensaría: ¡lo raras que son algunas personas...! Pues bien, si por casualidad leyera esto, desde aquí le quiero agradecer su comprensión y la gentileza de permitirme beber agua antes de terminar su vez. Ahora ya sabe el motivo por el que tenía que beber agua de los dos caños, porque lo hacía cuando era niño, y, después, cuando era niño grade, quería hacer lo que hacía de niño pequeño, o quizá, es que necesitaba seguir haciéndolo. Estoy seguro que ahora sí que lo entiende. La paisana no me conocía, y desafortunadamente para mí, yo tampoco. Y lo siento, porque en aquélla circunstancia no podía entretenerme mucho para charlar un buen rato con todas las que esperaban para llenar los cántaros (o cantaras) y recordar los tiempos de la infancia que, a juzgar por las apariencias, alguna era de misma edad y, posiblemente familiar lejano.

LAS POZAS
Son muchos los recuerdos que guardo de Las Pozas, de las veces que jugábamos los chavales allí, de cómo nos entreteníamos con el agua que bajaba desde el pilar y lo divertido que nos resultaba poner en la salida de la corriente, una especie de aspas que hacíamos de madera u hojalata con nuestro equipo completo de herramientas (la navaja) para que giraran al paso del agua.
De Las Pozas siempre me he acordado con frecuencia a lo largo de los años, pues como he sido, -sigo siendo- defensor de conservar los monumentos y viejas construcciones, sobre todo las que como Las Pozas, encierran un pasado tan significativo del quehacer de nuestros tiempos y de cómo nuestras mujeres con tan artesanal sistema de lavado, conseguían blanquear la ropa como no es capaz de hacerlo la más moderna y sofisticada de las lavadoras; si bien, justo es reconocerlo, el sacrificio que ello suponía era de un considerable calibre. De todas formas; muchas gracias a la lavadora actual y bienvenida sea.
Es una verdadera lástima que hayan desaparecido las pozas, pues, sin lugar a dudas, es uno de los más emblemáticos monumentos que le quedaban al pueblo del pasado y, se deberían haber conservado, ya que, su mantenimiento como tal, no resultaría nada oneroso, y, no parece de recibo que tan simbólico y original monumento se haya de enterrar por falta de visión artística y política. 

EL POTRO
Un capítulo aparte es “el potro” que se hallaba ubicado en el Cotorro. Era nuestro gimnasio; allí subíamos, bajábamos y hacíamos las mil y una filigranas, retorciéndonos y colgándonos de las maderas y piedras, más bien lastras de que estaba construido. ¡Qué lástima que haya desaparecido!
Era un monumento emblemático como pocos de la historia zarceña, de cómo los antiguos se lo montaban para dominar al ganado y lograr herrar tanto a reses como caballerías, cuando eran remilgas a esa labor. En el potro del Cotorro hemos jugado todos los niños del pueblo. Recuerdo bien su construcción, con esas grandes piedras verticales y gruesas maderas inclinadas a modo de pilares sobre las que, en la parte delantera se ubicaba el yugo en el que se amarraban los animales para controlarlos. Cuánto siento su desaparición. ¡Ojalá,! si la situación económica municipal lo permite, algún día se haga una reproducción para que quede en la historia del pueblo el recuerdo del pasado tan significativo que supone el potro del Cotorro que, tantos y tan buenos servicio prestó a los zarceños y con tan poca consideración se ha tratado por parte de las autoridades municipales, al permitir su absurda e innecesaria desaparición del lugar que durante tantos años había sido un simbólico emblema para el pueblo; siendo como lo era, una parte muy importante del patrimonio cultural municipal de La Zarza.

LA ESCUELA DE PÁRVULOS
La escuela chica, posiblemente sea el más, o uno de los más y mejores recuerdos que siempre he conservado con cariño y esmero. La Patro, “la maestra de todos,”  esa ejemplar mujer que empleó todo su ser y su saber a las niñas y niños del pueblo con tal ahínco y dedicación exclusiva, que, merece todos los respetos y reconocimientos por parte de los que fuimos favorecidos por su encomiable labor educativa. Desconozco si todos los pueblos en aquel entonces tenían una maestra para los párvulos  como ella, ni tampoco sé si todos los niños de los pequeños pueblos como el nuestro, tuvieron la suerte de aprender a esa edad lo que aprendimos en la escuela de párvulos con Patrocinio. ¡Lastima que no fuese igual cuando íbamos a la de los mayores! que, cambiábamos más de maestro que de casulla el sacerdote. En la Casa Social Católica, (ca-li-to-ca-al-ci-so-sa-ca) sede de la escuela chica, aprendimos a contar, a leer, a cantar y un largo etcétera, todo sin libros, sólo con la habilidad de la maestra, “La Patro”. Seguramente, todos los de mi edad, un poco mayores y más jóvenes, recordaréis con nostalgia los cánticos en forma de letanía que todos nos aprendíamos de memoria; tanto a contar con el sistema de las bolas, como las provincias de España, los días de la semana, los meses del años y demás, siempre utilizando el libro mágico de la voz; ese don del que nos ha dotado la naturaleza, (la palabra) y, no siempre lo sabemos aprovechar y utilizar adecuadamente, pero que, en la escuela chica o de párvulos, fue la mejor y única herramienta empleada para nuestra enseñanza infantil, siempre con esa retahíla en forma de sonsonete que, a base de repetir y machacar, logramos aprender.
No sé si los zarceños-as de mi generación, que fuimos favorecidos por su enseñanza, estaréis de acuerdo en que a Patrocinio habría que hacerle un homenaje, aunque sea a título póstumo, ya sea dedicarle una calle, una plaza, una placa conmemorativa en algún lugar destacado de la población, un pequeño monolito o cualquier otro, que permita el permanente recuerdo a tan ilustre persona, inmortalizando su grato recuerdo y su paso por nuestras vidas, agradeciéndole la labor que hizo con nosotros siendo unos niños, en unas circunstancias bien distintas de las actuales. No sé si mejores o peores, pero para mí extraordinarias; cuando la situación debido a la posguerra, era en nuestro pueblo, y no sólo en nuestro pueblo poco generosa, por citarla de alguna manera.
No sé donde habrá ido a parar el Ábaco o bolero con el que aprendimos a contar, pero, lo que sí sé seguro, es que, es una reliquia digna de conservarse. Un lugar ideal para guardarlo, (entre otras muchas cosas)  sería un museo zarceño, en el que se recopilaran los recuerdos, aperos, trastos y demás utensilios de labranza, costumbres y existencia que caracterizaron el pretérito zarceño, cosa que, si hay ganas de mojarse, tampoco sería nada complicado conseguirlo con un poco de paciencia y buena voluntad, ni requiere un gran esfuerzo, ni económico ni físico, y el prestigio que le daría al pueblo no tiene precio; y,  estoy convencido de que hay gente del pueblo a la que no le importaría colaborar desinteresadamente, pero poniendo mucho interés en ello. Es cuestión de visión de futuro y ganas de hacer las cosas bien y a favor de la tierra que nos vio nacer. Para ello, se requiere la colaboración desinteresada de todos los zarceños-as de dentro y fuera de La Zarza, pues, también los ausentes, pueden y deberían (deberíamos) prestar aquí un buen servicio si la voluntad no les falla; aunque sólo sea con ideas cuando no se pueda de otra manera. Un museo, le da personalidad a cualquier población por muy pequeña que sea. Es cuestión de pensarlo, estudiarlo y proponérselo a la autoridad competente, o bien a través de alguna entidad cultural o peñas que le resulte atractiva o acertada la idea; si bien, deberían  ser  los representantes políticos los que asumieran el proyecto como cosa lógica. Quizás no fuera un mal lugar para ubicarlo, el antiguo Ayuntamiento y el local contiguo que queda debajo de la escuela, que, si mal no recuerdo, en mi infancia se decía que era la cárcel, que junto con la vieja escuela grande que está en el piso superior, podrían constituir los tres espacios, un lugar suficiente para guardar los recuerdos de nuestros antepasados. Sugerencia para el nuevo gobierno municipal.

LA COSECHA
La cosecha era y sigue siendo lo más importante en el desarrollo económico del pueblo, si bien en la actualidad no es como en tiempos pasados que suponía un más que considerable esfuerzo humano para su recolección.
Imagino que en la mente de todas las personas de mi edad, -como en la mía- se albergan los recuerdos de la siega, la acarrea, la trilla y recogida del grano para llevarlo a la panera. Esos majestuosos carros cargados de manojos prendidos en los estarujos que, antes habían sido hacinados en las tierras  camino de la era; las parvas, los trillos-trillas -que han desaparecido como por encanto y  han ido a parar a manos de unos cuantos especuladores que, mediante Internet y otras formas,  los están vendiendo a precio de oro, cuando los compraron a duro la docena- y demás aperos que se utilizaban para separar la paja del grano, esperando que el viento fuera favorable y no llegara la lluvia cuando todavía este, estaba sin ensacar en los costales. Los carros con sus redes cargados de paja encalcada a tope para que cupiese más, que en esa etapa eran más altos por las cañizas laterales que se les ponía como complemento encima de las cartolas....
La estampa de los segadores camino del corte con sus gorros de paja, los dedales de cuero, las hoces bien afiladas colgando del cinturón, y una buena dosis de resignación por el esfuerzo que les esperaba al llegar a las tierras; son recuerdos que no se olvidan nunca por muchos años que pasen, pues forman parte de lo que somos y hemos sido, por suerte para los que  pudimos vivirlos, pues las gentes de ahora, -nuestros hijos y nietos- pocas de esas vivencias tendrán cuando lleguen a la edad de aquellos que tuvimos la suerte de que formaran parte de nuestra infancia. Grata infancia por cierto.
Recuerdo bien  la primera trilladora que hubo en el pueblo, (posiblemente en el año 1.952 o 1.953,  no lo recuerdo exactamente, pero por ahí anda) que la compraron los hermanos José María y Santos, (además de algún otro socio más que ahora no recuerdo) y todos los chavales íbamos a mirar como trillaba aquel armatoste que era inmensamente grande y tenía una correa de transmisión que iba de punta a punta de la máquina. Nos parecía todo un acontecimiento y lo celebrábamos con cierta ilusión por lo que entonces significaba para nosotros que éramos niños. Recuerdo también que el citado José María compró y utilizó el primer motocultor que hubo en el pueblo y lo estrenó en una finca que entonces tenía en el Cotorro arriba del todo; lo recuerdo bien porque ese día también tuve la suerte de, al pasar por allí, poder ver entusiasmado cómo funcionaba ese aparatejo que para mi era una novedad, todo un acontecimiento y contemplaba cómo lo manejaba él, experimentando la maquinita.
Los dos hermanos citados  eran unos pioneros en el modernismo de entonces; unos avanzados en las tecnologías, pues también fueron los primeros en criar patos en una finca que tenían o tienen en la carretera haciendo esquina con el camino que va al Cotorro y que, los chavales de entonces observábamos con curiosidad como se bañaban en una especie de piscina-charca que recuerdo que hizo el tío Santos.
He conservado en mi memoria el positivo e impactante recuerdo que me dejaron los dos hermanos citados, cuando un día domingo o festivo, en misa, el cura, Don Leopoldo, como tenía por costumbre y dado su talante, desde el púlpito dijo que el domingo o festivo anterior, (no recuerdo en estos momentos si era domingo o festivo) habían estado trabajando y eso iba en contra de los principios religiosos; fue tal el ataque del sacerdote que, José María se levantó del asiento que ocupaba en la primera fila de los que estaban debajo de la tribuna, le dijo en un tono de voz alto, con energía y temple que, el domingo pasado también se habían estado arrancando  yerbajos en la huerta del cura y nadie se quejaba ni lo consideraba trabajo o un pecado. Se levantaron, él, su hermano y algunas personas más cuyos nombres no he guardado en la memoria, pero si recuerdo que fueron varias. Me pareció aquello de tal importancia que hasta me asusté un poco, pues a esa edad es normal en aquellas circunstancias; pero, en mi fuero interno me alegré de que hubiese alguien en el pueblo que le plantara cara a Don Leopoldo, pues su temperamento era muy fuerte y no resultaba fácil que nadie se opusiera a su voluntad, dadas las circunstancias.
Este evento fue muy comentado en el pueblo durante mucho tiempo y dejó una cierta estela que supongo que los de mi edad y un poco mayores que como es lógico ese día estarían en la iglesia a oír misa lo recordarán, dada su originalidad, pues, no era frecuente que nadie se enfrentara al cura y menos en la iglesia que por aquel entonces era algo impensable. Desde mi punto de vista, los dos hermanos eran unos ejemplares únicos, y muy valientes, pues en aquellas circunstancias, cualquiera no se plantaba ante el representante de la iglesia sin ser malmirado por la mayoría del pueblo y considerado un desalmado, por no decir algo más fuerte, dado el caciquismo de la época.

EL CORRAL DE CONCEJO
Los niños de mi época, recordaréis bien que cuando estábamos en la escuela y necesitábamos ir al váter, después de pedirle permiso al maestro para ir a hacer una necesidad, nos íbamos detrás de la  escuela, enfrente del Corral de Concejo (o corral del concejo) y allí estaba esperándonos la toilet más moderna de la época: sol, limpieza, discreción, agua corriente cuando llovía, etc. En aquel lugar tan original hacíamos de todo. A medida que te ibas acercando, ya se percibía el aroma embriagador en el ambiente. El papel higiénico de entonces, todos lo recordaréis: pura naturaleza. ¡Higiene a tope.....! Y, sin embargo, nadie se ponía malo por eso.
A mi me han quedado muchos recuerdos de esas vicisitudes o peripecias, -como las queramos llamar- que pasábamos cada vez que teníamos que ir al váter público. Recuerdo algunas veces que me quedaba contemplando la puerta de entrada al Corral de Concejo que quedaba enfrente del WC y me llamaba la atención la puerta, y sobre todo, su cerradura. Cerradura que la contemplé muchas, pero muchas veces porque me resultaba original la llave. Una llave de unos treinta centímetros de larga, hecha de madera, acorde con la cerradura que ere del mismo material, una especie de mazacote que era un objeto artístico poco fino pero robusto, con una ranura lateral por la que se introducía la llave al mismo tiempo que se empujaba un poco hacia arriba para mover los “ engranajes” internos que hacían de guardas junto a los rodetes también de madera, para que no se pudiera abrir, si no era con su propia llave hecha a medida por un artesano, a no ser que se utilizara la famosa llave ganzúa usada por los cacos de ahora; toda una obra maestra y artesanal. Esta llave, estaba siempre en poder del meseguero, que era el responsable del corral. En ese corral, en aquella época, se retenía arrestados a los animales que el meseguero había cogido en la hoja pisando o comiendo la mies, hasta que el propietario pagara la multa correspondiente por el estropicio causado por el animal, (otra cosa es que la pagara) permaneciendo allí el tiempo preciso para solventar la situación.
Ya desde muy pequeño me he sentido atraído por las construcciones de piedra y, la puerta de entrada al Corral de Concejo era un ejemplo de construcción rústica pero elegante y robusta, que, yo no sé si habrá ido al suelo o se conserva aún, pero que junto con otras construcciones cercanas al mismo en la calle que queda detrás, (Creo que es la calle del Corral Largo) conjuntan una armoniosidad típica de lo que es un  pueblo-pueblo bonito y elegante que debería conservar su originalidad. Esas sólidas, elegantes y robustas paredes de piedra viendo pasar el tiempo como la Calle de Alcalá sin inmutarse y conservando toda su belleza original, son un patrimonio muy importante aunque  infrecuente, que se debe mimar,  cuidar, conservar, y, sobre todo valorar en su justa dimensión.

PERSONAJES
Hay un buen número de personas de aquella época del pueblo de las que guardo un marcado e imborrable recuerdo. Por citar a algunas como son, Dn. Fabián el maestro, Dn. Leopoldo el cura, La Patro mi maestra de párvulos, mi ti Aquilino el del bar y salón de baile, la tía Petra la alguacila, Andrés “el Calzaparda”, polifacético como pocos, y una larga lista que sería improcedente citar aquí; sin embargo, quiero hacer una mención especial al tío Angel el panadero, más conocido como el “tío Angelin” peculiar personaje y original como pocos, inteligente donde los haya y gran persona; me atrevería a decir que era un pequeño gran gigante; pequeño por la estatura y gigante por su interior. Era un hombre al que por su afinidad con mi padre, tuve la suerte de hablar bastantes veces con él. Me trató como ningún otro hombre del pueblo, muy bien, con gran cariño, algo infrecuente entre las gentes de entonces,  hablaba conmigo y me daba consejos, que, en aquel entonces yo no entendía muy bien, pero que, con el paso del tiempo, me di cuenta de la calidad de aquel personaje tan especial y entrañable,así como del fondo que tenía. Algunas veces he pensado escribir un tema sobre él, pero los recuerdos que tengo, son sólo hasta el año 1.954 y, como son los de mi infancia, se quedarían muy cortos  para lo que desde mi opinión personal, se merece. Por eso me he abstenido de hacerlo, pero, no por falta de ganas; pues, a lo largo de mi vida me he acordado muchas, muchísimas veces de él. Era Genial, ¡ Único...! Y, aunque no soy partidario de los homenajes a título póstumo; vaya desde aquí mi personal homenaje, agradecimiento y reconocimiento, a tan singular personalidad.

EL BAILE.
No sé si recordarán algunos (hoy ya hombres muy mayores) del pueblo, que cuando éramos niños , debió ser por el año 1.953 o primeros de 1.954, que mi tío Aquilino nos permitió entrar en el salón a bailar los domingos durante un tiempo, hasta que se enteró Dn. Leopoldo, el cura, y raudo puso coto a tal despropósito, y le dijo al tío Aquilino que eso no podía ser; así que, se fastidió el tinglado, ya no nos dejó entrar más a bailar los domingos. ¡Menudos comentarios entre las beatas y compañía que se hicieron en el pueblo al respecto! Aquello era un sacrilegio, un auténtico escándalo. Unos niños que todavía no habían salido de la escuela, ir al baile.... ¿Dónde se ha visto esto....?, se comentaba. Recuerdo que éramos pocos los que íbamos al baile, posiblemente tres o cuatro, pero no recuerdo quiénes éramos y lo siento, pues, sería agradable comentarlo amigablemente después de tantos años. Supongo que, si alguno lee esto y era uno de ellos, lo recordará  anecdóticamente y se le escapará una sonrisa, pues la verdad, para aquellos tiempos, fue divertido, sobre todo ahora, poderlo recordar sin cortapisas ni chismorreos.
Luis


18 mayo 2012

AL VOLANTE


                                            
                                            EL CONDUCTOR (segunda parte)
                                            
                                            El tiempo de reacción.
El tiempo de reacción es variable, si bien fundamentalmente depende del conductor y de sus factores externos a él; en situaciones normales se mantiene dentro de ciertos límites que suelen ser entre medio segundo de tiempo y un segundo, aunque esto es teórico, pues en la práctica, generalmente se alarga más (bastante más). Son muchas las variables que influyen en su aumento, algunas veces supera en cuatro los tiempos citados como norma.
Son varios los factores que como veremos más adelante influyen en el incremento del tiempo de reacción haciéndole retrasar la respuesta del conductor a los estímulos que recibe. Este retraso, aumenta la peligrosidad en situaciones de emergencia que, es precisamente cuando se necesita más una respuesta coordinada, ágil y eficiente, toda vez que, mientras  el conductor no reacciona o reacciona tarde y mal, el vehículo sigue su trayectoria normal y a la misma velocidad, lo que puede representar consecuencias fatales según que casos.

Desde que el conductor percibe un estímulo que puede proceder de un obstáculo, una señal, un ruido , una persona, de nuestro vehículo, de los demás, etc., hasta que da una respuesta eficaz a ese estímulo, pasa un tiempo que se conoce como tiempo de reacción.

¿Qué es el tiempo de reacción?
Se considera tiempo de reacción, -o PIEV-,  el tiempo que transcurre desde la percepción de un estímulo externo, hasta la reacción coherente por parte del conductor.

Veámoslo detalladamente:
Si circulamos con normalidad por cualquier lugar e, inesperadamente nos surge algo extraño que altera nuestra normalidad; bien porque ha irrumpido algo o alguien en la cazada, porque el de delante gira o frena bruscamente sin avisar, por una fuerte racha de viento que hace tambalearse a nuestro vehículo, etc., nosotros nos percatamos de la situación y empieza el tiempo de reacción que se divide en cuatro fases (PIEV) pues bien: tan pronto el conductor ve con sus ojos lo sucedido, (o se percata mediante otro sentido), le transmite al cerebro íntegramente la película que ha presenciado; (fase de Percepción). El cerebro que es la mejor computadora del universo, procesa a velocidad vertiginosa los datos recibidos, (fase de Inteligencia) sin embargo, si bien esta fase es la más rápida, el tiempo de reacción depende fundamentalmente de la siguiente fase, que es la (fase de Emoción) pero el tiempo de duración de este proceso, depende de muchos y muy variables factores que afectan directamente a esta tercera fase. El estado de emoción que le afecte al conductor en ese preciso momento, será el que determinará la mayor o menor duración del proceso piev antes citado; pues, todas las personas nos vemos afectadas por múltiples cosas que inciden en nuestro estado de ánimo, haciendo que reaccionemos de una u otra forma. Cuanto más emocionada esté la persona, menos capacidad de reacción tendrá ante cualquier estímulo. Una vez superado el filtro de la emoción, la inteligencia da la orden de reaccionar y entra en acción la cuarta fase, que es rápida (la fase de Volición o voluntad), cerrándose el tiempo piev; momento en el que el conductor actúa sobre los mandos que correspondan a la actuación que requiere la situación planteada Ahora bien, la emoción, (también conocida como el filtro) que, produce una especie de aletargamiento neuronal relativo haciendo aumentar el tiempo de reacción que es lo que nos ocupa, porque merma la capacidad del conductor, puede ser causada por infinidad de motivos. Algunos de los factores son: La edad avanzada, emocionales, personales, preocupaciones, cabreo, irritación, la dichosa prisa, digestión de alimentos ingeridos, calor, frío, sueño, fatiga, (ya citada en la primera parte de este tema), alcohol, drogas, estupefacientes, alucinógenos, psicotropos, y un largo pero, muy largo etcétera.  Todos ellos influyen en el tiempo de reacción alargándolo, pero fundamentalmente, haciendo que en la tercera fase, la de emoción, se estanque por la influencia de estos agentes que la atenazan.
Lo expuesto hasta aquí sobre el tiempo de reacción, nos lleva a entender que cuanto mayor sea este, más espacio recorrerá el vehículo en ese tiempo sin que el conductor pueda hacer absolutamente nada para controlar la situación, pues la máquina como no piensa ni tiene reacción propia, sigue circulando a la misma velocidad mientras le va trabajando el cerebro a la que la domina. De aquí la necesidad de establecer una normativa que regule el comportamiento del responsable del vehículo, impidiéndole conducir en determinadas circunstancias que pudieran afectarle física o psíquicamente en el manejo del mismo, no permitiéndole reaccionar con normalidad.

Empezaremos por las comidas copiosas.
El ser humano necesita comer para vivir; pero para conducir hay que comer con moderación, poco, y nada de comidas fuertes que requieran una digestión lenta y pesada, durante la cual el conductor reacciona con lentitud. Durante la digestión de los alimentos ingeridos, el estómago para su mejor lubricación necesita una mayor afluencia sanguínea que en parte desciende de la cabeza, en detrimento del riego sanguíneo del cerebro que le tiene que ceder al estómago una parte de esa sangre que normalmente utiliza par sí, dejando a las neuronas con menor baño de sangre para su actividad, lo que hace que al tener menor riego de sangre, las neuronas reaccionen más lentamente y sean menos ágiles en su actividad, lo que a su vez, produce una reacción también más lenta y como consecuencia, un tiempo de reacción mayor; por lo que se hace necesario que las comidas sean ligeras  y de fácil digestión.

Las drogas.
Droga es toda materia prima de origen biológico que directa o indirectamente sirve para la elaboración de medicamentos.
Según la Organización Mundial de la Salud una droga es toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía de administración, puede alterar de algún modo el sistema  nervioso central del individuo que las consume. En el caso que nos ocupa, el conductor.
Los efectos de las drogas son diversos, dependen del tipo de droga y de la cantidad o de la frecuencia con la que se consume. Pueden producir alucinaciones, intensificar o entorpecer los sentidos, provocar sensación de euforia o desesperación, ambas son una total y absoluta negatividad para la conducción. Como consecuencia, queda prohibido conducir todo tipo de vehículos bajo los efectos del alcohol, drogas y estupefacientes o alucinógenos; incluso las bicicletas  y los carros o carretas, que están sometidas a las mismas normas de circulación que el resto de vehículos con y sin motor.
Cualquier tipo de droga modifica el comportamiento normal del conductor de tal manera que dificultan o impiden las complejas tareas de la conducción poniendo en peligro la seguridad vial y como es obvio, está prohibido.

El tabaco

Si bien la adicción al tabaco no tiene fácil solución e independientemente de las secuelas que deja en la salud de los fumadores, deteriorándola y dejando una larga y profunda negativa estela de degeneración; lo que aquí nos interesa es cómo le afecta al conductor como tal.

Es bien sabido que el tabaco contiene nicotina que produce efectos negativos para la conducción y para la salud; que hay una gran mayoría de fumadores de ambos sexos a los que les cuesta mucho dejar el hábito del tabaco y, al mismo tiempo son sabedores de sus consecuencias pero continúan fumando porque el vicio o la adicción les domina. A ellos principalmente va encaminado este apartado.
Además de los efectos de la nicotina (componente principal del tabaco) sobre el organismo y su repercusión en el conductor,  conducir mientras se fuma puede tener “otros inconvenientes”.
El tabaco afecta a la circulación coronaria y a las vías respiratorias, y puede producir somnolencia, que es uno de los mayores enemigos del conductor.
Si bien es cierto que resulta bastante difícil poder erradicar la costumbre de fumar en los conductores adictos a la nicotina, sí sería aconsejable que todos tomemos conciencia de que, en la actividad de la conducción, fumar mientras se conduce no es compatible con la seguridad que se requiere para dicha actividad.
Si tienen que efectuar un viaje largo, no deben fumar aunque el vicio les domine; como mal menor, en los viajes largos, háganlo en los descansos, en las áreas de servicio o de descanso en las autopistas y auto vías; teniendo especial cuidado de dónde dejan el coche estacionado mientras van al bar o al servicio, porque el otro servicio de vigilancia que establecen los amigos de lo ajeno, realiza su actividad con gran rapidez y pericia y, en menos que canta un gallo le limpian todo lo que hay dentro del vehículo, incluido el maletero, que, para eso son especialistas y hacen un master anualmente. Para estar al día. Este tema ya lo tocaremos en su momento, porque son muchos los modos de actuar de los cacos.

El Tabaco es especialmente peligroso cuando se conduce, porque entre otros muchos efectos, todos ellos negativos, disminuye los reflejos y la capacidad de reacción y, por consiguiente, repercute negativamente en la atención y en la toma de decisiones. Además, el humo de los cigarrillos irrita los ojos y contribuye al cansancio ocular del conductor. Por  lo tanto, fumar distrae; por lo que resulta razonablemente aconsejable, no fumar mientras se conduce, independientemente de lo que establezca la norma a tal efecto.

El Café y algunas infusiones excitantes.
El café, el té, y algunas bebidas e infusiones similares, contienen sustancias excitantes, poco o nada recomendables para la conducción si no se toman con moderación.
La cafeína es un estimulante psíquico y psicomotor que actúa sobre el sistema nervioso y los aparatos circulatorio y respiratorio e incide directamente sobre la corteza cerebral, afectando al ritmo y frecuencia cardiaca, y a la secreción de ácidos en el estómago, disminuyendo la capacidad de reacción del conductor.
No obstante, el café espabila el sueño, temporalmente disminuye la fatiga y aumenta la rapidez del pensamiento. Pero si se toma en exceso, puede influir negativamente en la conducción al producir excitación nerviosa. De todas formas, siempre que realicemos viajes largos o medianos, es recomendable tomar café de cuando en cuando sin excederse, pues para estos menesteres es un buen remedio y excelente consejero.

Los medicamentos
Existen medicamentos que crean dependencia (farmacodependencia) entre los que se encuentran los analgésicos, barbitúricos, tranquilizantes, etc., que actúan sobre el sistema nervioso central y pueden producir relajación, descanso mental, sueño, algunos como los estimulantes producen euforia, sensación de que se tiene más fuerza, retrasan la fatiga y hasta proporcionan un  gran agilidad mental, estimulando la competitividad, que en una segunda fase producen depresión, decaimiento, sueño, fatiga y temblores, lo que constituye un falso remedio para realizar largas y agotadoras jornadas al volante. Todo ello, sin contar con los sedantes para serenar los nervios que pueden producir sueño, relajamiento muscular y dificultad para  moverse y, que el      conductor, al ser adulto y responsable de sus actos debe tomar conciencia de lo dañinos que todos ellos son para el ejercicio de la conducción; por consiguiente, la influencia de algunos medicamentos es negativa y no se debe conducir bajo sus efectos por razones de  seguridad; porque, soportar el riesgo de una conducción ajena realizada sin las debidas garantías de seguridad, es una temeridad y no se permite conducir de forma negligente o temeraria.
Es al médico a quien se debe acudir para pedir información al respecto sobre los medicamentos que él prescribe a sus pacientes y quien debe informar si perjudican para la conducción. Además, debe leerse detenidamente el prospecto que acompaña a cada medicamento.

El alcohol
El alcohol etílico o etanol es una droga psico-depresora de carácter  sedante-hipnótico que como el resto de drogas actúa sobre el cerebro, incluso en pequeñas dosis tiene una influencia negativa y es causa de accidentes de tráfico muchos de ellos con resultado de muerte.
El alcohol es peligroso para conducir, porque, salvo una décima parte del alcohol ingerido que es eliminado por los pulmones y los riñones, el resto pasa directamente a la sangre, se extiende por todo el organismo, afecta negativamente al cerebro y a la vista, especialmente, y perturba las aptitudes del conductor.
Si bien es cierto que la mayoría de países tratan de concienciar a los conductores de los peligros que supone la ingesta de alcohol y aquí en el nuestro también han sido frecuentes, intentando por parte de la DGT, que cumplamos las normas establecidas al efecto, se echan a faltar campañas de formación, no de información así como cursos de reciclaje de carácter obligatorio para conductores con una antigüedad en el permiso de conducir con más años que Cascorro, a los que las normas y señales que aprendieron en la autoescuela, no es que se le hayan olvidado, sino que se le han oxidado de tal manera que les resultan inservibles, y vendría bien una puesta a punto a la inmensa mayoría por el bien de todos; y, esto, no resulta ni caro ni difícil.

La alcoholemia.
 Investigación de la alcoholemia.
La alcoholemia es la cantidad de alcohol que existe en la sangre y la tasa de alcoholemia, medida en gramos por litro, el número de gramos de alcohol que contiene en un litro, es decir en mil centímetros cúbicos de sangre.
La tasa de alcoholemia o concentración de alcohol en sangre se puede determinar analizando el aire espirado o la sangre. Para medir dicha tasa es necesario someter a la persona a unas pruebas, que se denominan pruebas de alcoholemia.

Personas obligadas. (texto literal de la LSV.)

Todos los conductores de vehículos y bicicletas quedan obligados a someterse a las pruebas que se establezcan para la detección  de las posibles intoxicaciones por alcohol. Igualmente quedan obligados los demás usuarios de la vía cuando se hallen implicados en algún accidente de circulación.

Los agentes de la autoridad encargados de la vigilancia del tráfico, podrán someter a dichas pruebas:

a) A cualquier usuario de la  vía o conductor de vehículo implicado directamente como posible responsable en un accidente de circulación.

b) A quienes conduzcan cualquier vehículo con síntomas evidentes, manifestaciones que denoten o hechos que permitan razonablemente presumir que lo hacen bajo la influencia de bebidas alcoholicas.

c) A los conductores que sean denunciados por la comisión de alguna de las infracciones a las normas de circulación contenidas en el  RGC.

d) A los que, con ocasión de conducir un vehículo, sean requeridos al efecto por la autoridad o sus agentes dentro de los programas de controles preventivos de alcoholemia ordenados por dicha autoridad. (Hasta aquí lo que establece el artículo de la LSV, relacionado con el tema)

¿De qué dependen los efectos del alcohol?

Los efectos del alcohol dependen de factores personales y de las modalidades de ingestión. Citaremos algunos de ellos:

El proceso de difusión del alcohol en el organismo, que es muy diferente de unas personas a otras, y depende de la proporción de los tejidos del organismo.

La sensibilidad de cada persona. Hay unas personas más sensibles al alcohol que otras.

La corpulencia o peso. Normalmente,  a menos peso los efectos del alcohol son mayores.

Las circunstancias del momento. La fatiga, la emotividad, la angustia, la ingestión de algunos medicamentos ( ¡ojo con los medicamentos !), el ayuno, el embarazo, etc., aumentan los efectos del alcohol

La edad. Las personas menores de 25 años y los mayores de 60 son más vulnerables al alcohol.

El hábito o costumbre. La persona que bebe habitualmente pequeñas cantidades, es decir, con moderación, tarda más en sobrepasar el límite de seguridad que la que bebe solo de manera ocasional.

Los efectos del alcohol dependen:
De la cantidad de bebida que se tome. De la mayor o menor concentración de alcohol que contenga cada tipo de bebida. De que se tome en ayunas o durante las comidas. Del ritmo de ingestión, es decir, de que se tome rápidamente o a intervalos.
No me parece oportuno reflejar aquí todos y cada uno (pero citaré los más importantes) de los efectos que el alcohol produce en el organismo humano, pues todos somos sabedores de que son negativos, y de que, todo conductor tiene que ir transformando los estímulos que recibe del entorno en acciones concretas sobre los mandos del vehículo, que se traducen en actos tales como pisar los pedales, girar el volante, etc. Sin embargo, ese mecanismo tan sencillo, queda profundamente perturbado por los efectos del alcohol, que produce en el conductor un estado de euforia, seguridad, optimismo y confianza en sí mismo que le llevan a sobrevalorar sus propias capacidades por un exceso de confianza en sí mismo, despreciando el peligro que su estado supone; le aumenta considerablemente el tiempo de reacción, tiene una reducción del campo visual y una incorrecta apreciación de las distancias, velocidades y modificación de la valoración del riesgo con la consiguiente   posibilidad de que se produzcan accidentes.
Lo citado hasta aquí, relacionado todo ello con el tiempo de reacción, está, en parte supeditado  a que el conductor lleve la atención concentrada o difusa. Si el conductor concentra su atención siempre en la parte delantera de su vehículo sin abandonar la de la zona de incertidumbre, podrá, ante cualquier emergencia que le surja, reaccionar con mayor rapidez, pero cuando la atención está difusa en comprobar lo que nos rodea, la reacción siempre es más lenta.
                    Si un conductor  que termina de conocer a una chica que le atrae, (ejemplo de la foto de la izquierda del cartel de una película que ilustra esta página, cuyo título es bastante significativo) la acompaña hasta su casa donde piensan pasar una velada más o menos amena; durante el recorrido, hasta llegar al lugar deseado, éste se distrae un tanto en contemplar la belleza de su acompañante, sus estilizadas piernas o el original diseñado del escote de su vestido, restando la atención debida a la actividad que realiza; pues otra actividad futura le ocupa parte de su pensamiento, se la opaca y le aleja  parte de la atención que necesita prestar para conducir con seguridad y estar ojo avizor a las incidencias de la conducción. Pero, tampoco es necesario ir bien acompañado para distraerse y restar atención a la conducción, como lo demuestra la conductora de la fotografía de la derecha, que si tuviera que reaccionar ante cualquier emergencia, su tiempo de reacción sería bastante mayor dada la actividad que va simultaneando con la conducción
Si bien,  todos los conductores/as han sido o son (somos ) afectados por distracciones de ese tipo; no por ello debemos relajarnos cuando conducimos  y pensar en lo que nos espera al llegar con lo que llevamos, sino, pensar en lo que nos espera si por distraernos, no llegamos, que, eso sería peor. Por muy hermosa que sea la persona que nos acompañe y grata su compañía; la conducción requiere para una mayor seguridad, olvidar por un momento lo futuro y, por el bien de todos, pensar en el presente: la seguridad de la conducción.